CIUDAD DEL ESTE (Historias, por Esteban Ross) La princesa Isabela nunca fue aceptada en la corte. Su cuerpo redondeado y sus mejillas sonrosadas eran motivo de burla, y su padre, el rey Aldemiro, veía en ella una vergüenza más que una hija. Mientras las demás princesas aprendían a bailar y a sonreír con gracia, Isabela buscaba consuelo en la cocina, entre tartas y panes dulces.
El desprecio creció con los años. A los trece, los criados ya reían a escondidas. A los quince, los pretendientes rechazaban incluso sus retratos. A los diecisiete, el rey decidió que había llegado el momento de un castigo ejemplar.
El salón del trono estaba abarrotado. Nobles y embajadores aguardaban un anuncio que creían sería un matrimonio real. Isabela subió los escalones con dificultad, su vestido pesado arrastrándose por el mármol, mientras las miradas se clavaban en ella como cuchillos. El silencio era cruel, no reverente.
“Hoy”, dijo el rey con voz gélida, “mi hija recibirá el destino que merece”. Entonces, dos soldados empujaron a un hombre encadenado, sucio, con el rostro marcado por golpes. Un esclavo. El murmullo se expandió como fuego. El rey proclamó: “Entrego a Isabela a este hombre, para que su deshonra sea completa”.
Ella no lloró. Bajó la cabeza, tragando el dolor como tantas veces antes. Esa noche, en un cuarto oscuro y húmedo, la princesa y el esclavo compartieron silencio. Él dormía en el suelo, ella en un colchón delgado. No había risas, no había juicio. Solo calma.
Al amanecer, Isabela lo observó levantarse con cuidado, como si temiera romper la quietud. Y comprendió que lo que su padre había llamado castigo era, en verdad, la primera oportunidad de ser amada.
