CIUDAD DEL ESTE (Curiosidades, por Charly Friendz) Las abuelas siempre tuvieron un remedio guardado en la cocina, y entre ellos, la cebolla ocupaba un lugar especial. No era solo un ingrediente para la comida, sino un aliado silencioso contra la fiebre y la congestión. La ciencia moderna explica lo que la tradición ya intuía: las cebollas y los ajos son ricos en compuestos sulfurosos, responsables de su olor penetrante y de las lágrimas al cortarlos, pero también capaces de liberar sustancias que entran en el torrente sanguíneo y actúan como depuradores naturales.
La costumbre de colocarlos en los pies tiene raíces en la Medicina China y la Reflexología, que señalan que las plantas de los pies concentran miles de terminaciones nerviosas conectadas con los órganos principales. La piel en esa zona es altamente permeable, lo que permite que los compuestos activos atraviesen la barrera cutánea y circulen por el cuerpo. Así, lo que parecía un gesto ingenuo se convierte en un mecanismo de entrega transdérmica que puede ayudar a purificar la sangre y aliviar síntomas.
Durante épocas de peste y en la Gripe Española de 1918, las familias colocaban cebollas cortadas en las habitaciones o directamente sobre el cuerpo, convencidas de que absorbían el mal. Aunque la idea de que “chupan” virus del aire es discutida, lo cierto es que dormir con cebolla en los calcetines puede favorecer la recuperación: el azufre circula, las bacterias se debilitan y la congestión se arrastra hacia abajo, lejos del pecho.
El protocolo casero sigue siendo sencillo: cortar una cebolla en rodajas gruesas, colocarla en el arco del pie, cubrir con un calcetín y dormir. Al despertar, el olor es prueba de que su esencia entró en el cuerpo, y muchas veces la fiebre se ha quebrado o la respiración se siente más ligera. La cebolla usada se descarta, porque ya cumplió su misión. Es un recordatorio de que la sabiduría popular, mezclada con la química de la naturaleza, guarda secretos que todavía hoy sorprenden.
