CIUDAD DEL ESTE (Realidades, por Charly Friendz) La maternidad solitaria ya no es un estigma como lo fue décadas atrás. Antes, la presión social obligaba a las mujeres a pensar dos veces antes de iniciar una relación con alguien que no ofreciera estabilidad. Hoy, esa sanción desapareció y, en muchos espacios, ser madre soltera incluso se celebra como un acto de valentía. Sin embargo, detrás de esa narrativa de empoderamiento, la realidad es dura: criar sola significa enfrentar un sistema que sigue colocando más peso sobre las mujeres que sobre los hombres.
En Paraguay, la sociedad machista sigue marcando las dinámicas familiares. Los hombres que deberían asumir responsabilidades muchas veces se ausentan, y las mujeres quedan solas frente a la crianza. El Estado ofrece ciertos programas sociales que alivian la carga, pero no eliminan las dificultades. Los subsidios y guarderías ayudan, sí, pero no reemplazan la presencia de un padre ni la corresponsabilidad en la crianza.
La falta de apoyo masculino se combina con otros factores: relaciones que se construyen desde la emoción más que desde la estabilidad, vínculos que se rompen rápido, y una cultura que todavía normaliza que el hombre pueda irse sin consecuencias. Mientras tanto, las mujeres sostienen hogares enteros, trabajan, crían y educan, muchas veces en silencio.
El resultado es una generación de madres que enfrentan solas el inicio de clases, los gastos escolares, las largas jornadas de trabajo y la presión de una sociedad que, aunque más tolerante, sigue siendo desigual. La maternidad en soledad no es solo una decisión personal, es también el reflejo de un sistema que no exige lo mismo a hombres y mujeres, y que perpetúa la idea de que ellas deben cargar con todo.
