CIUDAD DEL ESTE (Reflexión, por Esteban Roa) No toda persona que toca la puerta merece entrar. Con los años se entiende que el hogar es mucho más que un lugar físico: es refugio, intimidad y paz. Allí se bajan defensas y se sueltan cargas, por eso abrirlo sin criterio puede traer incomodidad y caos.
Muchas veces, por amabilidad o costumbre, se permite el acceso a personas que no han demostrado respeto ni buenas intenciones. Entonces llegan tensiones y energías que alteran lo que antes estaba en calma. La prudencia enseña que no todos deben saber dónde vives ni tener acceso inmediato, porque la confianza no se gana con palabras bonitas, sino con acciones constantes.
El hogar guarda rutinas, momentos vulnerables y conversaciones privadas. Protegerlo es proteger la vida interior. Aprender a cuidar quién entra trae menos desgaste y más serenidad. No se trata de vivir desconfiando, sino de dar tiempo y observar. La verdadera confianza se construye paso a paso, y abrir la puerta correcta puede traer bendición, mientras que hacerlo sin criterio puede dejar entrar problemas difíciles de sacar.
