CIUDAD DEL ESTE (Ciencia por Esteban Ross) El tiempo es una dimensión que atraviesa toda experiencia humana: lo sentimos, lo vivimos y lo intentamos comprender, aunque sigue siendo uno de los mayores misterios de la existencia. Desde el instante fugaz de un parpadeo hasta los miles de millones de años que necesita una galaxia para formarse, las escalas temporales nos permiten organizar la vida cotidiana, estudiar la historia y explorar el universo.
Las primeras divisiones del tiempo nacieron en civilizaciones antiguas. Los babilonios, por ejemplo, desarrollaron sistemas matemáticos basados en el número 60, de donde provienen los segundos y los minutos que usamos hoy. Así, un minuto equivale a 60 segundos y una hora contiene 60 minutos, una estructura que se mantiene vigente desde hace milenios.
El día, compuesto por 24 horas, se origina en el movimiento de rotación de la Tierra. La semana, con sus siete días, refleja una mezcla de observaciones astronómicas y tradiciones culturales heredadas de pueblos antiguos. Los meses, por su parte, se vinculan con los ciclos de la Luna, mientras que el año está determinado por el tiempo que tarda nuestro planeta en completar una vuelta alrededor del Sol. Aunque solemos simplificar diciendo que un mes tiene 30 días, el calendario moderno varía entre 28, 30 y 31 según la época del año.
Con el paso del tiempo, surgieron otras unidades que ayudan a dimensionar procesos históricos y sociales. Un lustro equivale a cinco años, una década a diez, y un siglo a cien. Estas escalas permiten analizar transformaciones políticas, económicas y culturales. El milenio, que abarca mil años, nos ayuda a comprender la evolución de civilizaciones enteras y los avances tecnológicos que marcan épocas.
La ciencia, sin embargo, maneja medidas mucho más vastas. La geología y la astronomía utilizan millones y miles de millones de años para explicar fenómenos como la edad de la Tierra, la aparición de especies o la formación de galaxias. En este contexto aparece el concepto de “eón”, empleado para dividir la historia terrestre en lapsos inmensos. La edad estimada de nuestro planeta supera los 4.500 millones de años, una cifra que desafía la imaginación humana.
Más allá de lo físico, el tiempo también tiene una dimensión psicológica. Nuestra percepción puede acelerarse o ralentizarse según emociones, rutinas o experiencias. Un minuto de espera puede sentirse eterno, mientras que décadas enteras parecen desvanecerse en la memoria. Esto demuestra que el tiempo no solo se mide con relojes, sino también con vivencias.
La humanidad ha creado calendarios, relojes y sistemas de medición para intentar ordenar lo que nunca se detiene. Hoy contamos con relojes atómicos capaces de calcular segundos con una precisión extraordinaria, pero aun así el tiempo sigue siendo un concepto misterioso, infinito y fascinante.
