CIUDAD DEL ESTE (Ciencia y salud por Carlos Roa) Existe un tipo de luz invisible que puede cambiar la manera en que entendemos la salud: la luz infrarroja cercana. Aunque no la vemos, está presente en nuestra vida cotidiana y tiene un impacto directo en la energía, la memoria y la protección natural del cerebro. Cuando las células absorben esta radiación, se activan mecanismos internos que defienden al organismo del daño oxidativo, ese desgaste silencioso que acompaña al envejecimiento. Lo más sorprendente es que este proceso estimula la producción de melatonina dentro de las mitocondrias, una molécula que no solo regula el sueño, sino que también actúa como un escudo antioxidante capaz de proteger las neuronas y favorecer la reparación celular.
Ahora bien, ¿dónde encontramos esta luz infrarroja cercana? La fuente más importante es el sol, que emite gran parte de su energía en forma de radiación infrarroja. También está en las bombillas incandescentes, que además de iluminar generan calor con NIR. Nuestro propio cuerpo emite radiación infrarroja como parte de su metabolismo, y cualquier fuente de calor —como estufas, velas u hornos— también la produce. Además, existen dispositivos de fototerapia diseñados específicamente para aprovechar esta radiación en tratamientos médicos y estéticos.
La clave está en la dosis: ni demasiado poco ni demasiado mucho. Este equilibrio, conocido como el “principio de Ricitos de Oro”, es lo que permite que la luz NIR active defensas celulares sin causar efectos negativos. Los beneficios van más allá del cerebro: estimula la producción de colágeno, acelera la cicatrización y reduce la inflamación, convirtiéndose en un aliado para la salud integral. En el contexto de enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer, donde el estrés oxidativo y la disfunción mitocondrial son protagonistas, la fotobiomodulación con NIR se estudia como una herramienta prometedora.
En definitiva, la luz infrarroja cercana es una energía invisible que nos rodea constantemente y que podría convertirse en un recurso terapéutico innovador. No es magia, es ciencia, y su capacidad para activar defensas naturales dentro de nuestras células abre un nuevo horizonte en la medicina regenerativa y en la prevención del envejecimiento celular.
