CIUDAD DEL ESTE (Curiosidades por El Avispón) Una de las afirmaciones más potentes de Béchamp fue negar la existencia del contagio tal como lo entendemos. Según él, no importa cuántos microorganismos entren en contacto con una persona: untados, frotados o incluso inyectados, no podrán causar enfermedad si el cuerpo no está en un estado de acidosis. Lo que realmente determina si enfermamos o no es la aceptación metabólica, el terreno interno. Respiramos miles de gérmenes cada hora y no nos enfermamos de manera automática, porque no es el germen el que manda, es el estado del organismo.
La idea de contagio, decía Béchamp, es una construcción diseñada para infundir miedo. Si el contagio fuera literal, necesitaríamos millones de vidas para soportar la cantidad de gérmenes que inhalamos y tocamos a diario. Basta observar un teléfono móvil: contiene cientos de veces más bacterias que un asiento de baño público, y sin embargo no vivimos enfermos por ello. La explicación es clara: el cuerpo sano no acepta la invasión. El germen no es el enemigo, el verdadero factor es el terreno debilitado.
De ahí surge la crítica más dura: el concepto de contagio se convirtió en herramienta para vender desinfectantes, antibióticos y vacunas. Productos que se presentan como indispensables, pero que en realidad son tóxicos, cancerígenos e innecesarios si el cuerpo está fuerte. La salud no depende de eliminar cada microbio, sino de mantener el equilibrio interno. Béchamp puso sobre la mesa una verdad incómoda: el miedo al contagio es negocio, y la verdadera defensa está en cuidar el terreno.

