NACIONALES (Tendencia por Esteban Ross) Dicen que el amor no tiene edad, pero los infartos sí. Y últimamente, los abuelitos con billetera activa y corazón nostálgico están en la mira de una nueva especie urbana: las caza-viejitos. No usan redes para pescar, pero sí Wi-Fi, pestañas postizas y emojis con doble intención.
Estas jóvenes estrategas del coqueteo no buscan amor, buscan transferencias. Se acercan con dulzura, prometen cuidados eternos, y en menos de lo que canta un gallo, ya están diciendo “mi amor” sin saber el apellido del señor. El viejito, emocionado por volver a sentirse deseado, cae como ficha de dominó. Y ahí empieza el show.
Primero vienen las fotos: selfies, videollamadas, alguna imagen en bata (o sin bata), y de repente el abuelo está en una sesión de contenido que ni sabía que estaba ocurriendo. Luego, el giro dramático: “Si no me das plata, mando esto a tus hijos, a tu señora, y publico en el Facebook.” ..oh oh!!
No hay cenas románticas ni paseos por el parque. Hay extorsión con stickers, amenazas con corazones rotos, y una presión arterial que sube más rápido que el dólar. El abuelito, que pensaba que estaba en una relación tipo “sugar daddy”, descubre que lo único dulce es el chantaje.
Y mientras él se pregunta si esto es amor o una película de suspenso, la caza-viejitos ya está en otro perfil, buscando otro corazón vulnerable con saldo disponible. Porque no hay fidelidad, hay rotación. Y si el viejito no coopera, lo bloquean más rápido que spam.
Así que, consejo para los abuelitos digitales: si te llega un “Hola, papi ”, pensá si tenés hijas. Si no, bloqueá y rezá. El amor verdadero no te pide PIN ni te amenaza con capturas de pantalla. Y si querés compañía, adoptá un perro. No te va a extorsionar, y encima te ladra con cariño.
