AMOR CLANDESTINO EN LAS SOMBRAS DEL DESEO

CIUDAD DEL ESTE (tendencia, por Esteban Ross) ¿Qué podían hacer dos almas atrapadas en el vértigo de la pasión? Solo amarse a escondidas, arriesgarlo todo y dejarse arrastrar por el fuego de un deseo insaciable. Era la furia de las venas latiendo contra la piel, el pulso desbordado en cada respiración, los gemidos y delirios que estallaban en la penumbra de habitaciones anónimas. Allí, donde la sociedad no podía verlos, donde la luna misma parecía convertirse en testigo incómodo, se consumaba un amor prohibido que no pedía permiso, que no aceptaba límites ni moralidades impuestas.

La culpa intentaba someterlos, el qué dirán amenazaba con convertirlos en pecadores señalados por la lujuria y el placer, pero la atracción era más fuerte que cualquier conciencia. En cada encuentro eran ladrones de tiempo, prófugos de la rutina, fugitivos de un mundo que no los aceptaba. Ella, convertida en Venus, entregaba su cuerpo como melodía marcada en el pecho, como inspiración que se derramaba en sus suspiros y en la tinta de su alma de poeta. Él, rendido ante esa entrega absoluta, encontraba en su vientre la fuerza de un amor sin futuro, pero tan intenso que se volvía eterno en cada instante. Era un amor clandestino, un amor ciego, un amor que vivía en las sombras, pero que ardía con la luz de lo imposible.

 

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