EL ENCANTO DE LA EXPERIENCIA

CIUDAD DEL ESTE (Reflexión, por Pazveni) En una confusión de estaciones donde las edades, costumbres y tradiciones son primordiales, surge la pregunta: ¿por qué un jovencito adolescente sueña con encamarse con una mujer mayor? La respuesta es simple: lo mismo ocurre con las mujeres que buscan hombres adultos. Es la experiencia la que seduce, la capacidad de mostrar el camino hacia la felicidad, el éxtasis y el placer.

Existen también los vividores y vivarachos que se mancomunan por el bienestar y el porvenir, lo que popularmente se conoce como “el braguetazo”. Como aquel caso de un muchacho de 22 años que se casó o se concubinó con una señora aposentada de 70 años. Hoy ella sostiene sus caprichos, pero además el joven, muy sabichondo, llevó también a su madre a vivir en la casa donde la mujer mayor pone todo el asado en la mesa.

Pero más allá de esos casos, también existen historias distintas, más íntimas y sinceras, que no se miden en conveniencia sino en sentimientos. Historias que nacen de la admiración y del deseo genuino, como la que relatamos a continuación.

«Usted me gusta, señora». Usted me gusta por esos años que lleva puestos, por esa experiencia que se le nota al hablar y esa mirada capaz de seducir a cualquier mortal. Usted, señora de batallas ganadas y otras tantas perdidas, le digo algo: la admiro mucho y por eso hoy la idolatro. Reconozco su valentía, su fuerza, su voluntad, sus ganas, su paciencia y su fe.

Me encanta esa fortaleza que tiene en su andar y me apasiona esa garra que le permite caer y volverse a levantar. Me gusta cada una de las líneas de su rostro, que hablan de sus alegrías, de sus enojos, de sus tristezas y, por qué no, de alguna fantasía pasada.

Amo las medidas de su talla. ¡Me vuelven loco! Créame… loco. No le quitaría nada ni le pondría nada; así la quiero, así usted me encanta. Créame, envidio el rocío que acaricia su cuerpo bajo la ducha cada mañana.

Usted me gusta, usted me encanta, me gusta así… ¡así como es! Me fascina tanto usted, y le pido perdón por mi irreverencia, pero deseaba tanto que lo supiera. Una vez más me tomé el atrevimiento de acariciarla con mis letras, porque hay sentimientos que no pueden quedarse callados.

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