CIUDAD DEL ESTE (Tendencias, Carlos Roa) Me recuerda otra vez el antes y el ahora. En la escuela, en el colegio y hasta en la facultad siempre había aquel compañero que tenía ojos azules o verdosos: eran los “churros” de la institución, los que llamaban la atención sin esfuerzo. En cambio, los que teníamos ojos color café, piel morena y un aire más “amoretonado” porque salíamos a la calle y nos peleábamos con los compañeros, no teníamos tanto éxito.
En las rondas de tereré o con un vaso de vino Toro con coca, nos preguntábamos con curiosidad y hasta con un poco de envidia por qué uno nace con ojos azules, otro con ojos verdes y otros con ojos tan distintos. Por qué las mujeres caen rendidas ante unos ojos azules y ni qué decir cuando se trata de unos ojos verdes. La fascinación por esos iris de colores fantásticos siempre fue tema de conversación, y aunque en aquellos tiempos lo veíamos como un misterio, hoy sabemos que la explicación es más sencilla de lo que parece.
El color de los ojos no depende de un pigmento azul o verde como muchos creen, sino de la melanina, el mismo pigmento que da color a la piel y al cabello. Los ojos cafés tienen una alta concentración de melanina en el iris, lo que absorbe la luz y genera tonos que van desde el marrón claro hasta el oscuro, siendo además los más comunes en el mundo y ofreciendo mayor protección natural contra la radiación solar. Los ojos verdes poseen una cantidad intermedia de melanina, y es esa mezcla entre el pigmento y la forma en que la luz se dispersa en el iris lo que produce el tono verdoso. Los ojos azules, en cambio, tienen muy poca melanina, y la luz que entra se dispersa en el iris en un fenómeno llamado dispersión de Rayleigh, el mismo que hace que el cielo se vea azul.
Todo esto depende principalmente de la genética. No existe un único gen que determine el color de los ojos, sino varios que interactúan y deciden cuánta melanina se deposita en el iris. Por eso incluso entre hermanos pueden aparecer colores distintos. Un detalle curioso es que muchos bebés nacen con ojos claros y el color definitivo se define durante los primeros meses o años de vida, conforme aumenta la producción de melanina.
Más allá de la ciencia, lo cierto es que la sociedad construyó un mito alrededor de esos colores, asociándolos con belleza, misterio y atracción. En aquellos tiempos parecía que los “churros de ojos claros” tenían ventaja, pero con los años uno aprende que el verdadero encanto no está en el color, sino en la mirada, en lo que transmite, en la sinceridad y en la historia que cuenta sin palabras.
