LA CURA DE LA HOMOSEXUALIDAD

CIUDAD DEL ESTE (Reflexión, por Charly Friendz) Yo sí creo en la cura de las personas gay. Pero no en la que algunos predican desde el prejuicio, sino en la verdadera: la que ocurre cuando el padre le pide al hijo que le dé un beso a su novio para sacarles una foto. Cuando el nieto le pregunta a la abuela qué haría si lleva a su pareja a casa, y ella responde con una sonrisa: “Café”. Cuando alguien pregunta qué pensamos de que dos hombres o dos mujeres se casen, y la respuesta es simple: “Que va a estar buena la pachanga”.

La cura ocurre cuando desaparece la culpa que nos enseñaron a sentir. Cuando el amor deja de tener condiciones. Cuando el ser humano vale más que su orientación. Cuando la felicidad no se vive con miedo. Cuando nadie tiene que esconderse para ser quien es. Cuando la palabra “pecado” deja de ser un arma y la palabra “tolerancia” se convierte en acción.

La cura llega cuando dejamos de medir a los demás con nuestra propia vara. Cuando entendemos que no todos tienen que vivir, amar o sentir como nosotros. Que el mundo no gira en torno a nuestras creencias, y que la libertad del otro no amenaza la nuestra. Que la homosexualidad no es una moda ni una rebeldía: ha existido siempre, en todas las culturas, en todos los tiempos. Lo que cambia es la valentía de vivirla sin miedo.

El ser humano solo quiere ser aceptado. Ser mirado sin juicio. Ser amado sin condiciones. Y eso no es pedir demasiado. Es pedir lo justo. Porque nadie debería sentirse un extraño en su propia familia. Nadie debería temer por su vida por amar diferente. Nadie debería cargar con el peso de las críticas por simplemente ser.

La verdadera cura es el respeto. Es el abrazo sin preguntas. Es el silencio que no juzga. Es la mirada que acompaña. Es entender que el secreto no está en cambiar a nadie, sino en amarnos más. En dejar de señalar. En dejar de corregir lo que no está roto.

Porque cuando aceptamos que el otro sea… simplemente sea, y lo dejamos ser de la manera que quiere ser, el mundo se vuelve más fácil. Más justo. Más amoroso. Y eso, al final, es lo único que importa.

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