CIUDAD DEL ESTE (tendencia, por Carlos Roa) Eres la mujer que el tiempo esculpe con paciencia y con arte, siempre inmarcesible, incorruptible ante los vientos de la vida. La que se empodera en sus días, la que sueña en horas nefelibatas y, aun así, al final percibe con claridad lo que otros apenas vislumbran.
Te apropias del tiempo, lo dominas, lo moldeas. Y el tiempo, en su humildad, abre paso a tu grandeza, a tu rebozo de luz. Eres tiempo y eres tempestad; ambos fenómenos se inclinan ante tus manos, que los oscilan con la delicadeza de quien conoce la fuerza y la calma.
Habitas entre culturas y horizontes, entre memorias y avistamientos. Recurres a tu inteligencia para menguar las sombras que se gestan en la mente de hombres cultos, aquellos que buscan espiritualidad en lo aledaño, mientras tú la encarnas en lo esencial. Tu presencia es respuesta, tu palabra es bálsamo, tu silencio es revelación.
Evocas a la deidad de tus ayeres, a las raíces que te sostienen y a las memorias que te elevan. Principias cada día con gestos elocuentes, con la certeza de que incluso en lo simple y en lo áspero hay belleza. Amas al ser que te acompaña en tus días, pero también amas la soledad que te recuerda tu propia fuerza. Al final, siempre tu serendipia lo abrazas sin prejuicios, con la nobleza de quien sabe que la vida es hallazgo y misterio.
Eres mujer de eternidad, de caminos que no se marchitan, de huellas que no se borran. Tu esencia es inmarcesible, porque no depende del tiempo, sino que lo trasciende. Y en cada paso, en cada mirada, en cada palabra, dejas constancia de que la grandeza femenina no se desgasta, sino que florece con cada amanecer.
