LA MUJER QUE CREE QUE SIEMPRE TIENE LA RAZÓN DESTRUYE SU MATRIMONIO

CIUDAD DEL ESTE (Realidad Fatídica, por Esteban Ross) No hay nada que discutir: hoy en día los hombres estamos en desventaja. Basta con mirar mal a una mujer para que te denuncie. “Me miró mal, por culpa de eso no puedo comer más, ya no me quiero bañar más”, y un sinfín de epítetos que sirven para enjuiciar a un hombre al que se le tiene rabia por algún motivo. Muchas veces se escuchan denuncias de maltrato que llegan incluso a la exageración de decir que hasta por la mirada se da. Entonces, ¿cuál es nuestra defensa? Sencillamente pagar una multa, porque alguien encontró la manera de ganarse una platita. Somos los hombres los culpables, siempre.

Pero pocas veces se piensa en que la vida es de dos lados. Si no existía la huerta, tampoco había semillas para que nacieran los retoños. Los hombres también tenemos derechos, y si una mujer nos mira mal, nos falta el respeto, no plancha bien la ropa o nos recibe con balbuceos y reproches, también deberíamos tener derecho a denunciar. Eso sería lo justo. No sé qué dirán los lectores, pero la balanza debería mediar y no inclinarse siempre hacia un solo lado.

Y aquí aparece otra realidad: la mujer que cree que siempre tiene la razón, tarde o temprano destruye su matrimonio. No se puede amar a alguien que interpreta cada corrección como un ataque personal, ni se puede convivir con quien confunde la guía con un intento de control. Incluso cuando se habla con paciencia y sabiduría, ella se niega a escuchar, porque su orgullo pesa más que la verdad. Y el orgullo nunca convive con la paz.

Ese orgullo aniquila la empatía. Cada conversación se convierte en un campo de batalla, no en un espacio de entendimiento. Se busca la victoria a cualquier costo, aunque el precio sea el respeto, la paz interior y la conexión entre ambos. Un matrimonio no sobrevive cuando la esposa trata al esposo como enemigo a vencer.

El hombre, agotado, se calla. No por cobardía, sino porque ya no tiene fuerzas para explicar ni corregir. El silencio no es paz: es rendición. Y cuando llega ese silencio, la relación empieza a morir lentamente. A eso se suman las palabras imprudentes, dichas con ira, que dejan cicatrices permanentes. Después, cuando todo se derrumba, ella no reconoce su responsabilidad y culpa al hombre por los muros que ella misma levantó.

Un matrimonio no resiste cuando se elige la terquedad en lugar de la ternura, la confrontación en lugar de la colaboración, el orgullo en lugar de la unión. La paz requiere dos corazones humildes, no dos egos en guerra. Una mujer que cree tener siempre la razón no ve a su hombre como compañero, sino como inferior. Y ningún hombre puede florecer donde es constantemente menospreciado.

Por eso, hombres: elijan con sabiduría. Una mujer sabia construye su hogar con amor y humildad. Una mujer dominada por el orgullo lo reduce a cenizas.

 

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