CIUDAD DEL ESTE (Tendencia, por Pasveni) Ella le reclamaba todo el tiempo sus acciones, esas que tanto la hacían dudar, esas que le provocaban inseguridades, esas que cada que ella lloraba el decía «ahí vas a llorar otra vez» «estás loca» «nada más quieres estar peleando» y se dormía, mientras ella tenía un nudo en la garganta y más dudas que respuestas, un día decidió dedicarse a ella, se puso más bella, hacía cosas que le gustaban, salía con las amigas y el tema ya no era él y sus faltas de respeto, ahora solo disfrutaba, paso a pasito iba mejorando hasta que nunca más volvió a reclamar, él encantado creyendo xfin la tóxica ya no reclama, así seremos felices, al paso del tiempo… un día le llevaba rosas rojas y al llegar, sus cosas ya no estaban… ella reclamaba cuando le importaba, cuando dejó de hacerlo es porque ya estaba lista para irse, le ha dolido se arrepiente de no haberla escuchado a tiempo.
Ahora toca verla feliz de lejos y tal vez en otros ojos vive su sonrisa…….
La historia de aquella mujer que dejó de reclamar es mucho más intensa de lo que parece a simple vista. Durante mucho tiempo vivió atrapada en un círculo de dudas, inseguridades y lágrimas que nunca fueron escuchadas. Cada vez que se atrevía a expresar su dolor, recibía respuestas que la descalificaban: “estás loca”, “solo querés pelear”, mientras él se dormía y ella quedaba con un nudo en la garganta y más preguntas que certezas. Esa rutina la desgastaba, pero un día decidió cambiar el rumbo. Se miró al espejo y eligió dedicarse a sí misma, recuperar su belleza, su alegría y sus espacios. Empezó a salir con amigas, a disfrutar de lo que le hacía bien, y poco a poco el tema dejó de ser él y sus faltas de respeto. Ya no había reclamos, solo pasos firmes hacia una vida distinta.
Él, encantado, creyó que por fin la “tóxica” había dejado de reclamar y que así serían felices. No entendió que el silencio no era paz, sino distancia. Con el tiempo, convencido de que todo estaba mejor, llegó con rosas rojas para sorprenderla, pero al entrar descubrió que sus cosas ya no estaban. Ella había tomado la decisión definitiva: cuando dejó de reclamar fue porque ya estaba lista para irse. Él comprendió demasiado tarde que los reclamos eran señales de que todavía le importaba, de que aún había un vínculo que podía salvarse. Ahora solo le queda verla feliz de lejos, quizá en otros ojos, en otra vida, en otra sonrisa que ya no le pertenece.
