CIUDAD DEL ESTE (Realidad fatídica, por Carlos Roa) Haré un comentario en primera persona. Es obvio que no me gustaría, ni le deseo a mi peor enemigo, pasar por lo que pasé y lo que sigo pasando. Sin darme cuenta fui perjudicado por la falta de capacidad y experiencia de algunos médicos. Cuando fui a consultar por primera vez al diabetólogo, le pregunté: “¿Estos remedios por cuánto tiempo tendré que tomarlos?”. Y de inmediato me respondió: “De por vida”. Esa fue toda su explicación. No me habló de estudios de control, ni de consultas periódicas para evaluar los medicamentos, ni de ajustes de dosis. Nada.
La diabetes, ese “motín de oro” de las grandes empresas y farmacias, me llevó a un destino cruel. Un día amanecí con un dedo infectado. Imaginé que podía haber sido una picadura de araña o algo similar, pero pronto el dedo se ennegreció y no quedó otra opción que amputarlo. Corrí al hospital. El médico me mandó a hacer un eco doppler y descubrí que las venas de mi pierna derecha ya no tenían el flujo sanguíneo necesario para mantenerme con vida. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba en Itauguá, donde me amputaron la pierna, sí o sí, por varios motivos adversos.
Hoy solo me queda mirar al cielo y agradecer a Dios que todavía sigo con vida.
Alza los brazos al cielo: no puedes andar, pero puedes ver, puedes reír, puedes sentir. Amas. Tus hijos, tus hermanos, tus padres sienten que eres su pedacito de cielo. No quieren que nada malo te suceda. Si te sobreprotegen, es muestra de amor. No caminas, ruedas hacia el futuro. No importa cuán dura sea la prueba de la vida: mañana siempre será más bonito.
Y aunque la herida física nunca se cierre del todo, aprendí que la verdadera fuerza no está en las piernas, sino en el corazón. Porque mientras haya amor, esperanza y fe, ninguna amputación puede arrancar la voluntad de seguir adelante.
