CIUDAD DEL ESTE (tendencias, por Carlos Roa) Ya no cuento los años, cuento los instantes. Cada día que amanece es un regalo, cada atardecer una despedida suave. Tengo menos tiempo por delante que detrás, y eso me ha enseñado a mirar distinto. Ya no corro, no compito, no acumulo. Elijo saborear cada momento, como los últimos caramelos de una bolsa que uno quiere hacer durar, con la dulzura de quien sabe que lo mejor no siempre está en lo nuevo, sino en lo vivido.
Ya no hay lugar para lo absurdo, lo superficial, el ego que grita sin sentido. Quiero lo esencial: la verdad que no se disfraza, la ternura que no se esconde, la gente auténtica que no teme mostrarse tal cual es. Busco a los que tocan el alma con una mirada, con una palabra, con un silencio oportuno. Amo a los que se ríen de sus errores, porque han aprendido que la perfección no es humana. Me rodeo de los que viven con el corazón, aunque a veces se les rompa, porque saben que vivir intensamente es mejor que vivir con miedo.
Estoy en mi segunda vida. La primera fue para aprender, para tropezar, para buscar sin saber qué. Esta segunda es para disfrutar, para elegir con conciencia, para amar sin reservas. Ya no tengo tiempo más que para la felicidad, esa que no se compra ni se presume, esa que se encuentra en una charla sincera, en un abrazo largo, en un café compartido sin apuro, en una canción que nos recuerda quiénes fuimos.
A los 40 y más, uno no envejece: uno despierta. Despierta a lo que importa, a lo que nutre, a lo que permanece. Y en ese despertar, cada arruga es una medalla, cada cicatriz una historia, cada cana una señal de que hemos vivido, y seguimos viviendo.
Porque la vida no se mide en años, se mide en instantes que nos hacen sentir vivos. Y yo elijo vivirlos todos, con gratitud, con amor, con alegría.
