NACIONALES (Conmemoraciones patrias, por Redacción) En el árido corazón del Chaco, entre el polvo, el calor y la sed, se escribió una de las páginas más gloriosas de nuestra historia: la Victoria en Boquerón. Corría septiembre de 1932, y Paraguay, pequeño en territorio pero inmenso en coraje, enfrentaba al ejército boliviano en una batalla que parecía imposible. Durante 22 días, nuestros soldados resistieron con alma de acero, rodeados, sin agua, sin descanso, pero con el fuego de la patria ardiendo en sus corazones. Boquerón no fue solo un combate: fue un acto de fe, de amor por la tierra, de entrega total.
Los héroes de Boquerón no llevaban capas ni coronas, pero sí el uniforme de la dignidad. Jóvenes campesinos, estudiantes, obreros, todos convertidos en guerreros por necesidad y por honor. Con fusiles gastados y botas rotas, enfrentaron al enemigo con una valentía que desafía toda lógica. La victoria no se midió en armas, sino en espíritu. Cuando finalmente se izó la bandera paraguaya sobre el fortín, el mundo supo que el coraje no se mide en números, sino en convicción. Fue una victoria que estremeció al continente y que aún hoy nos llena de orgullo.
Recordar la Victoria en Boquerón es más que mirar al pasado: es abrazar nuestra identidad. Es saber que cuando Paraguay se une, no hay obstáculo que nos detenga. Hoy, al rendir homenaje a esos valientes, renovamos el compromiso con nuestra nación. Que su ejemplo nos inspire a luchar por un país más justo, más fuerte, más unido. Porque si Boquerón nos enseñó algo, es que el alma paraguaya nunca se rinde.
