María Celestina y Rosemar Schueroff

SANTA ROSA DEL MONDAY (Parte 3, enviado especial) Según relatos de la propia afectada, la resistencia de parte del núcleo familiar, encabezado por su cuñada Roseli Schueroff y su esposo Celso Luis Ten Caten, no es reciente. María Celestina señala que desde el inicio sufrió el rechazo sistemático de sus allegados únicamente por su nacionalidad paraguaya, una barrera cultural que se profundizó de manera hostil cuando ella y su esposo Rosemar Schueroff comenzaron a exigir una repartición justa e igualitaria de los frutos de la tierra. Mientras Rosemar dedicaba su vida a trabajar directamente el suelo en las parcelas, las decisiones y beneficios financieros pretendían inclinarse a favor de su hermana, desencadenando una pugna por asegurar el patrimonio futuro de los hijos de ambas partes.  Lo que parecía un pleito más por la herencia en el departamento de Alto Paraná destapó un esquema mucho más profundo y peligroso: la irrupción del poderoso Grupo Favero en los diferendos familiares y la cruda realidad de marginación que sufren los paraguayos en su propio territorio frente a colonos e imperios agrícolas de origen brasileño.

La presencia del clan de Tranquilo Favero en la interna de los Schueroff quedó al descubierto no solo por el ninguneo directo que el Agro Silo Santa Catalina S.A. le aplicó al hijo Rosemar Schueroff —a quien despojaron de sus derechos como coarrendador y copropietario ignorando los contratos de la cosecha—, sino por la abierta intromisión de abogados de la cúpula corporativa de los Favero para favorecer a una de las partes en litigio

Para entender lo que significa la intromisión del Grupo Favero en este pleito hay que repasar la memoria histórica del campo paraguayo. La historia popular y periodística recuerda la llegada de Tranquilo Favero en la década de 1970 con una valija en una mano y una motosierra en la otra, iniciando su travesía como vendedor ambulante de navajas («canivetes») en las calles. Con los años, pasó de ser un pequeño negociante a convertirse en el deforestador número uno del país y en el mayor terrateniente extranjero, acumulando, según estimaciones históricas, más de 1 millón de hectáreas.

El verdadero pilar de su imperio, de acuerdo con reiteradas denuncias públicas de organizaciones campesinas y productores, fue la implementación de un mecanismo usura similar al de González Daher:

Según cuentan los lugareños, Favero Otorgaba créditos a colonos y pequeños agricultores golpeados por malas cosechas. Al momento del pago, se dilataba la recepción del dinero para luego reaparecer meses después cobrando moras e intereses impagables, forzando la entrega de los títulos de propiedad como única vía de cobro.

A lo largo de las décadas, su nombre estuvo en el centro de disputas emblemáticas. Enfrentó intervenciones de la Secretaría del Ambiente (SEAM) y la Fiscalía de Medio Ambiente por la destrucción de bosques protegidos e invasión de parques nacionales como Ñacunday y Yacuy. Asimismo, el Estado paraguayo, a través del INDERT, llegó a reclamar la restitución de más de 59.000 hectáreas de tierras públicas ocupadas por su grupo sin títulos claros. Según las fuentes cuentan con el respaldo de un abrumador poder económico y político, el grupo ha movilizado diferentes fuerzas legales como la Policía Nacional, la FOPE y fiscales de la zona para ejecutar violentos desalojos exprés y blindar sus fronteras agrícolas, atropellando derechos de familias campesinas e indígenas y es por esta razón que la ciudadanía sabe que con el grupo Favero es mejor no tener conflictos porque los pequeños siempre tienen las de perder, es lo que cuentan los lugareños.

A todo este drama se suma una triste realidad de discriminación que se vive en varias zonas de Alto Paraná, donde la gran cantidad de colonos extranjeros terminó dejando de lado a la población local. María Celestina cuenta que la familia la rechazó desde el primer día solo por ser paraguaya, en un círculo cerrado donde prefieren casarse únicamente entre extranjeros para no repartir las tierras ni el dinero con gente de afuera. En la familia no solo la hicieron a un lado, sino que la atacaban con insultos despectivos como «xiru», «xirúa» o «chiruza», términos que se usan en la frontera para tratar con desprecio al paraguayo como si fuera «indio», «campesino ignorante» o persona de segunda clase. Esto demuestra una clara discriminación donde los propios dueños de casa terminan siendo tratados como sirvientes en su propia tierra.

obs: En la zona fronteriza y en los municipios de Alto Paraná poblados predominantemente por colonos de origen brasileño, los términos xirú o xirúa (del portugués/gaúcho xirú) y la adaptación chiruza se utilizan de forma despectiva para referirse al paraguayo o al nativo. Aunque en el portugués tradicional del sur de Brasil xirú originalmente significaba «compañero» o «amigo» por su origen en guaraní che irũ, en el contexto de la colonización en Paraguay mutó a un calificativo racista y clasista para tildar al local de «indio», «campesino ignorante», «sirviente» o «persona de clase baja».

 

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