CIUDAD DEL ESTE (reflexión, por redacción) Sí, los perros también mueren… Pero antes de partir, viven con una intensidad, una pureza y una entrega que pocas almas pueden igualar.
Viven vidas valientes, protegiendo a los suyos con una lealtad que nunca titubea. Aman con todo el corazón, sin barreras, sin condiciones, sin esperar nada a cambio. Nos regalan su alegría en cada movimiento de cola, llenan nuestro hogar de calidez, y en sus ojos siempre encontramos un refugio de amor incondicional.
Ellos no se preocupan por el mañana. Viven en el presente: persiguiendo pelotas, durmiendo bajo rayos de sol, celebrando con un ladrido el simple sonido de nuestra voz.
Muchos se burlan o critican a quienes tratan a sus perros como hijos, pero no comprenden que el amor de un perro no es exagerado, es puro y real. Ellos no conocen el egoísmo, no saben de rencores. Nos aman incluso en nuestros peores días, con una fidelidad que pocos humanos logran sostener. Quien alguna vez fue amado por un perro, entiende que ese lazo no necesita explicación.
Nos enseñan lo esencial: a amar sin medida, a disfrutar lo simple, a estar presentes… y a vivir con el corazón.
Sí, los perros mueren. Pero antes, nos dan absolutamente todo lo que tienen. Y por eso, su huella se queda con nosotros para siempre.
Que vivan los perros: los que aún nos acompañan y los que ya partieron… ¡Porque su amor trasciende el tiempo y sigue latiendo fuerte en nuestros corazones!
