JUSTICIA CÓMPLICE LIBERA A ABUSADOR Y REAFIRMA EL DICHO “EL QUE TIENE PLATA HACE LO QUE QUIERE”

Fiscalía investiga casos de supuestos abusos en fiestas ...

NACIONALES (realidades) En un país donde la justicia debería ser el último refugio de los vulnerables, hoy se convierte en el pedestal de los privilegiados. Thiago Gorostiaga, hijo de un empresario nacional, fue imputado por coacción sexual tras un hecho ocurrido en una fiesta de fin de curso. La víctima, menor de edad, fue atacada en la oscuridad de una habitación donde se suponía que solo habría seguridad, descanso y amistad. Pero la noche se volvió pesadilla.

No es la primera vez. Thiago arrastra dos antecedentes similares, y sin embargo, camina libre. No por falta de pruebas, no por inocencia, sino por mil millones de guaraníes. Ese fue el precio de su libertad. Un monto que no solo compró su impunidad, sino que dejó claro que en Paraguay, el dinero pesa más que el dolor de una víctima.

La fiscalía aceptó. El juez aceptó. Nadie pestañeó. No hubo tobillera electrónica, no hubo prisión preventiva, no hubo vergüenza. Lo que sí hubo fue un mensaje brutal para toda la sociedad: si tenés plata, podés abusar, repetir, y salir ileso.

¿Qué estamos enseñando a nuestros jóvenes?

Desde tan temprana edad, ya conocen el valor del dinero. Pero no como herramienta de trabajo, sino como arma de impunidad. Aprenden que la justicia no es ciega, sino que mira hacia donde brillan los billetes. Que el abuso puede ser negociado. Que el dolor ajeno puede ser silenciado con una transferencia bancaria.

Este caso podía haber sido ejemplar. Podía haber marcado un antes y un después. Podía haber enseñado que no importa tu apellido, tu colegio, tu cuenta bancaria: si abusás, pagás. Pero no. Hoy, el abusador es premiado con libertad, mientras la víctima carga con el trauma, la exposición y el abandono institucional.

Cada vez que un juez se inclina ante el poder económico, la justicia se convierte en cómplice. Cada vez que una fiscalía negocia con el agresor, la ley se vuelve papel mojado. Y cada vez que un joven como Thiago evade consecuencias, otros jóvenes aprenden que pueden hacer lo mismo.

No es solo un caso. Es un síntoma. Es una advertencia. Es una tragedia que se repite en silencio, en fiestas, en pijamadas, en colegios de élite, en casas donde el poder se hereda y la empatía se extingue.

 

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