CDE INFESTADA DE INDIGENTES Y DELINCUENTES EXTRANJEROS

CIUDAD DEL ESTE (realidad fatídica, por redacción) En lo que va del 2025, más de 10.000 extranjeros han solicitado residencia en Ciudad del Este, según datos de la Dirección General de Migraciones. La mayoría de ellos son estudiantes, inversionistas, comerciantes y profesionales que llegan con intenciones legítimas: trabajar, estudiar, emprender, aportar al país. Son personas que respetan las leyes, buscan integrarse y contribuir al desarrollo local.

Pero junto a ellos, también llegan otros. Los que no piden residencia, no buscan trabajo, no quieren integrarse. Llegan porque saben que en Paraguay no hay controles estrictos, no hay castigos ejemplares, no hay exigencias reales. Y en esa brecha, se instalan.

Ciudad del Este, una ciudad vibrante y estratégica en la frontera paraguaya, está siendo invadida por una ola de criminalidad protagonizada por extranjeros que cruzan sin control. No vienen a construir. Vienen a delinquir.

Los hechos hablan por sí solos:

  • Un ciudadano brasileño fue imputado por abuso de documentos de identidad y conducción peligrosa, sin residencia legal en el país.
  • Dos brasileños y un paraguayo fueron procesados por tenencia de estupefacientes, incluyendo cocaína, crack y hachís.
  • Otro brasileño fue detenido con un potente inhibidor de señal y cédula falsa, circulando en un vehículo vinculado a un oficial de policía.
  • La Policía Nacional confirmó la presencia activa del Comando Vermelho y el PCC, organizaciones criminales brasileñas con operaciones en Paraguay.

Estos individuos no buscan integrarse ni respetar las normas locales. Saben que aquí pueden operar con impunidad. Y mientras tanto, los ciudadanos de Ciudad del Este —que ya enfrentan sus propios desafíos sociales— deben convivir con el miedo, la inseguridad y el deterioro del entorno.

La imagen de la ciudad se está desmoronando, y las autoridades siguen sin reaccionar con la firmeza que la situación exige. Paraguay no necesita importar más problemas. No necesita que sus calles se llenen de personas que no respetan las normas, que no valoran la convivencia, que no tienen intención de integrarse.

Lo que se necesita es decisión política, mano dura y un mensaje claro: quien viene a destruir, no tiene lugar.

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