Por favor no nos discrimen por la falta de un miembro

NO SOMOS INVALIDOS SINO QUE CIRCUNSTANCIAS DE LA VIDA

 

CIUDAD DEL ESTE (Realidad Fatídica, por Carlos Roa) La injusticia social de nuestra sociedad alternativa a veces es tan drástica y tan cambiante que parece un “miravolante”. Se nota cuando ven a una señorita, a un señor de la segunda edad, de la primera edad, o de cualquier etapa de la vida, con un problema en los miembros inferiores o superiores. A eso lo llaman “inválido”. Pero sin embargo, esas personas no fueron a cortarse la pierna por decisión propia, ni tomaron un cerrucho para serrucharse los brazos. Muchos de ellos son producto del sistema.

Ahí están los jóvenes que viven perambulando por la ciudad a alta velocidad con sus motos, sin ningún tipo de protección, sin casco, en zapatillas, sin conocimiento de las leyes de tránsito y, sobre todo, en estado etílico. Y a esto le sacan provecho tanto la policía caminera, como la de tránsito y la nacional, que están dispuestos a atajarlos y a decirles: “Eru cheve cien mil”.

Pero también están los otros, los minusválidos, como yo, Carlos Esteban Roa, que padecí un corte de la pierna derecha por culpa de la supuesta diabetes. Tiempo atrás fui junto al médico y le pregunté: “¿Por cuánto tiempo tengo que tomar estos remedios que me receta?”. Y él, con toda la cara limpia, me respondió: “De por vida”. ¿Y otra cosa? Nada más.

Entonces, cada vez que se terminaban los remedios yo los compraba, o algunas veces hacía una tallarinada para juntar dinero, o le pedía a mi hija y ella me donaba. Pero el diabetólogo nunca me dijo que debía controlarme cada año para ver si esos remedios seguían teniendo efecto. Ese fue su error y también el mío, por no saber ni conocer la situación. El medicamento ya no estaba haciendo efecto, porque el azúcar en mi sangre seguía alta, y terminé en el quirófano. Allí el traumatólogo me dijo: “Estimado Carlos Roa, tu solución es rin rin rin”, es decir, me hizo escuchar el ruido de la sierra.

Por eso mucha gente nos llama inválidos. Pero yo quiero relatar lo que realmente significa la silla de ruedas.

Hay gente que no te critica a ti, te critica la silla donde estás sentado. Esa misma silla que tanto te ha costado ganar. La miran, la miden, la envidian… y hasta se atreven a decir: “ay, pero esa se va a caer en cualquier momento”, “esa silla está chueca, ya ni sirve”. Pero curiosamente, en cuanto te levantas un momento, ahí están, corriendo a sentarse en ella. Como si el calorcito que dejaste al levantarte fuera una especie de triunfo que quieren robarte.

Lo que no saben —o fingen no saber— es cuánto te costó construir esa silla. Porque no fue regalada ni heredada, la hiciste con tus propias manos. La lijaste con tus desvelos, la barnizaste con tus lágrimas y la reforzaste con tus caídas. Pero claro, desde afuera todo se ve fácil. Parece que llegaste porque “tuviste suerte” o porque “alguien te ayudó”. Nadie quiere mirar el cansancio detrás de tu sonrisa, ni el silencio que tragaste cuando te cerraron las puertas, ni las veces que quisiste rendirte, pero no pudiste porque no había quien te sostuviera.

Así pasa con la gente: te observan, te señalan, pero no se ponen en tu piel. Envidian tu posición, pero no tu proceso. Quieren lo que lograste, pero no quieren sudar lo que tú sudaste. Y lo más triste es que a veces esas voces no vienen de lejos, sino de cerquita… de quien compartió tu pan, de quien tú ayudaste, de quien te decía “amigo”.

Pero aprendí algo: cuando alguien te critica desde la envidia, no te rebajes a explicarle tu esfuerzo. El que quiere ver, ve. El que no, aunque le pongas la historia completa, seguirá hablando mal de ti porque no soporta verte donde él nunca se atrevió a llegar.

Así que quédate ahí, en tu silla, aunque murmuren, aunque duden. No les entregues tu lugar por lástima ni por culpa. Que mientras tú trabajabas en silencio, ellos sólo aprendieron a mirar con rencor. Y si un día decides levantarte, que sea porque tú quieres cambiar de silla, no porque te incomodan los que ladran desde el piso.

Porque a fin de cuentas, la silla no hace al hombre… el hombre hace su propio trono con el sudor de su historia.

 

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