AMOR O POSESIÓN?

CIUDAD DE ESTE (tendencia, por Redacción) Nunca la amó, aunque ella se convencía cada día de lo contrario. Él solo la usaba, la poseía cada noche como si fuera un objeto destinado a saciar su necesidad, a calmar la rigidez de sus venas y a alimentar un apetito que no conocía límites. Para él, cada encuentro era una demostración de poder, una manera de reafirmar su hombría frente a un mundo que lo exigía fuerte, dominante, indestructible. A ella le costaba aceptar esa realidad, porque en su corazón sí existía amor. Ella se entregaba con sinceridad, con ternura, con la esperanza de que sus manos, su pecho y sus caricias fueran correspondidas. Se rendía a sus impulsos no por obligación, sino porque lo deseaba, porque en él encontraba la ilusión de sentirse plena, mujer, libre y feliz.

Sin embargo, nunca la amó. Se fue con otra, como era de esperar, dejando atrás todo lo que habían compartido. La abandonó como si jamás hubiera sido parte de su vida, como si fuera una extraña, una desconocida, una cualquiera. La redujo a una aventura pasajera, borrando de golpe las miles de noches en las que ella le dio abrigo y calor, en las que sació su fuerza de león y atendió sus caprichos, sus desplantes, su ironía. La trató como si nunca hubiera estado allí, como si no hubiera sido la mujer que lo sostuvo en silencio, que soportó sus tormentas y que lo amó sin condiciones. Para él, ella no fue más que un objeto, un recipiente donde vaciaba su placer y su ego, sin detenerse a pensar en el daño que dejaba en su alma.

Nunca la amó, solo la poseía. Se creía un seductor, un galán de novela, el hombre indestructible con el alma de acero que todas deseaban. Se convencía de que su falsedad era parte de su encanto, de que sus infidelidades eran pruebas de su poder. Ella, en silencio, soportaba todo: las mentiras, las ausencias, las traiciones. Hasta que un día la gota derramó el vaso. Fue entonces cuando sus ojos se cruzaron con los de otro hombre, y en esa mirada descubrió lo que nunca había tenido: amor verdadero. En otra sonrisa encontró el motivo de su felicidad, la certeza de que podía ser amada sin condiciones, sin cadenas, sin dolor.

Mientras tanto, él se perdió entre los vicios, en los bares de cada esquina, en las sombras de su propia arrogancia. Su vida se convirtió en un invierno perpetuo, un frío que no podía calentar con ninguna compañía pasajera. Ahora padece en la soledad oscura de su alma, atrapado en el vacío que él mismo construyó. Porque nunca supo amar, porque confundió posesión con afecto, porque creyó que dominar era lo mismo que querer. Y así, mientras ella florece en un nuevo amor, él se consume en la amarga certeza de que lo único que tuvo fue poder, pero nunca amor.

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