CIUDAD DEL ESTE (Salud, por Carlos Roa) esta sí es de novela de aquellas que gustan a todo el mundo, cuando una madre, llega su tiempo menstrual y no le viene la visita o esta se desespera cuando es una relación casual y se vanagloria cuando lo estaba esperando el embarazo, y después comienzan los relatos donde algunas madres comentan “uuuy como patea” otros dicen “se está moviendo” y el padre cariñoso llega en su casa y da un beso en la barriga en la punta del ombligo a su mujer y le murmura “apurate hijo en salir porque ya te quiero ver” Existen muchas historias y cuentos sobre el feto que está en la barriguita de la mamá y entre ellos destaca que dicen que el bebé escucha en la panza de la mamá todo lo que pasa afuera.
El feto habita un universo sonoro que nunca se detiene. Desde el inicio de su existencia, está rodeado por un murmullo constante que proviene del cuerpo de su madre. El latido del corazón marca un ritmo firme y repetitivo, semejante al vaivén de una máquina que nunca se apaga, y se convierte en la melodía más familiar y tranquilizadora. Junto a él, el flujo sanguíneo resuena como un río interno que circula sin descanso, mientras los gorgoteos del sistema digestivo añaden notas suaves y burbujeantes a esa sinfonía íntima. Entre todos esos sonidos, la voz materna se eleva como la más clara y distintiva. No necesita atravesar barreras externas, pues viaja directamente a través de los tejidos y del líquido amniótico, envolviendo al feto con una presencia sonora que lo acompaña y lo marca profundamente.
Aunque el mundo exterior también se filtra hasta ese refugio, lo hace de manera amortiguada. La piel, el útero y el líquido que rodea al feto actúan como un filtro que atenúa las frecuencias más altas, dejando pasar sobre todo los tonos graves. Por eso, las voces ajenas, incluso la del padre, llegan como murmullos apagados, más pesados y menos nítidos que la voz de la madre. La música, los ruidos de la casa o de la calle también alcanzan al pequeño oyente, pero siempre suavizados, como si fueran ecos lejanos que se mezclan con el concierto interno.
Con el paso de las semanas, el oído del feto se va perfeccionando. Alrededor de la semana veinte, la cóclea ya está casi formada, lista para captar vibraciones. Entre la semana veinticinco y la veintiocho, comienza a responder a los estímulos sonoros con movimientos o variaciones en su ritmo cardíaco, señales de que el mundo acústico que lo rodea empieza a despertar su sensibilidad. Y lo más fascinante ocurre al nacer: el bebé reconoce la voz de su madre, la distingue entre todas las demás y muestra preferencia por los sonidos y el lenguaje que escuchó con mayor frecuencia en el vientre. Esa memoria auditiva temprana revela que el aprendizaje comienza mucho antes de abrir los ojos al mundo. Aunque hablarle o ponerle música suave puede reforzar el vínculo, el entorno natural del útero ya le ofrece una estimulación sonora suficiente, un concierto íntimo que lo prepara para la vida que lo espera afuera.
