CIUDAD DEL ESTE (Tendencia, por Charly Friendz) ¡Dámelas! La voz se alza con urgencia, como quien reclama lo que le pertenece por derecho de amor. En la noche fría, las caricias se vuelven abrigo, refugio y razón de existir. No son un simple gesto, son la llave que abre la puerta a la ternura, al deseo y a la complicidad. Cada palabra pronunciada es un latido que insiste, que no se resigna, que busca la entrega total.
El ruego se transforma en juego, en promesa y en desafío. Si Eva se las dio a Adán, ¿por qué negarlas ahora? La cocina, el sofá, cualquier rincón se convierte en escenario perfecto para que las caricias florezcan. No importa la hora ni el lugar: lo que importa es la entrega, la certeza de que al darlas y recibirlas ambos se llenan de felicidad. La súplica se convierte en danza, en un vaivén de palabras que invitan a dejarse llevar.
Las caricias son presentadas como un tesoro, como un bien sagrado que no puede negarse. Negarlas sería un crimen contra la humanidad, porque en ellas habita la dulzura, la pasión y la alegría de vivir. Son alimento invisible, aire que da sentido a cada respiración. Sin ellas, la vida se vuelve incompleta, carente de color y de música. Por eso la voz insiste, repite, se intensifica: “¡Dámelas!”.
Y en esa insistencia se revela la esencia del amor: pedir, dar, compartir. Las caricias no son solo contacto físico, son lenguaje, son puente, son la manera más pura de decir “te necesito” y “te quiero”. La súplica se convierte en himno, en canto apasionado que celebra la unión de dos cuerpos y dos almas que se buscan, se encuentran y se reconocen en cada roce.
