CIUDAD DEL ESTE (Tendencia, por Carlos Roa) Herirla mientras ya sufría fue el punto exacto donde dejaste de ser refugio y te convertiste en tormenta. No fallaste solo como hombre, sino como ser humano. Ella ya cargaba con un peso que nunca confesó, luchaba contra pensamientos que la perseguían día y noche, intentando mantenerse a flote mientras dudaba de su valor y de su lugar en el mundo. Aun así, con el alma cansada y el corazón lleno de grietas, te eligió. Te abrió un espacio en medio de su caos, creyendo que tal vez contigo podría descansar un poco del ruido interno que la desgastaba.
Pero cuando más necesitaba claridad, la confundiste; cuando buscaba cercanía, te alejaste; cuando necesitaba sentirse segura, la hiciste sentir reemplazable. No viste su dolor, lo multiplicaste. No fuiste un abrazo, fuiste otra herida. Ella esperaba que fueras un sostén cuando se derrumbaba, alguien que pudiera ver más allá de su silencio, alguien que entendiera que a veces la fortaleza también se cansa. Y tú no estuviste. La dejaste sola en sus batallas internas, esperando aun así que se entregara a ti como si no estuviera partiéndose por dentro.
Un día vas a entender que el amor que te dio no era común. Era un amor que no pedía nada a cambio, que se entregaba incluso cuando ella misma estaba rota, que apostaba por vos aun cuando dudaba de sí misma. Era excepcional. Pero para cuando lo entiendas, ella ya no estará. No estará amarga ni destruida; estará sanando, reconstruyéndose, aprendiendo a amarse de una forma que vos nunca supiste ofrecerle. Y entonces comprenderás que lo que perdiste no fue solo a una mujer: fue la oportunidad de ser mejor, de ser alguien que valiera la pena en su historia.
