CIUDAD DEL ESTE (Tendencias, por Carlos Roa) Hay noches en las que el silencio se convierte en un puente y la luna en una invitada discreta. En ese escenario íntimo, surge la fantasía de entrar en los sueños de la persona amada, de recorrer su mente con suavidad y contarle historias que solo existen cuando dos corazones laten al mismo ritmo. Es la idea de un encuentro que no necesita presencia física para sentirse real, un universo compartido donde solo habitan dos almas que se buscan incluso dormidas.
En ese espacio onírico, el amor se manifiesta como un mar que vuelve una y otra vez a la orilla, como mariposas que se persiguen en el aire o como estrellas que, aun separadas por la distancia, se reconocen en la misma luz. Los sueños se vuelven territorio fértil donde germinan emociones profundas, donde cada susurro deja huellas y cada imagen sembrada florece al despertar. Es un recordatorio de que lo que se siente de verdad no desaparece con la luz del día.
Y cuando llega el amanecer, la sensación de haber compartido un viaje invisible permanece. La idea de un amor que no entiende de límites ni de distancias, que acompaña incluso en el descanso, se vuelve una certeza. Porque hay vínculos que trascienden la realidad y encuentran en los sueños un refugio perfecto, un lugar donde dos personas pueden ser una sola historia, vivida piel a piel, como si la fantasía fuera tan real como la vida misma.
