CIUDAD DEL ESTE (Curiosidades, por Redacción) Cuando canta la cigarra ya sabemos que el verano está aquí. Su voz fuerte y persistente se convierte en el sonido que acompaña las siestas largas, el calor que se siente en cada rincón y las tardes de tereré bajo la sombra. Es como si la naturaleza misma nos avisara que llegó la estación más ardiente del año.
En Paraguay, el canto de la cigarra es casi un reloj natural: aparece cuando el sol está en su punto más alto y la tierra se calienta hasta vibrar. La gente suele decir que cuando la cigarra canta ya están maduras las sandías y que el carnaval no tarda en llegar. Es un sonido que se mezcla con la vida cotidiana, con los juegos de los chicos en la calle y con el descanso de los mayores en la hamaca.
La cigarra nos recuerda que el verano no solo se siente en la piel, también se escucha. Su canto es un anuncio, un símbolo y una compañía. Nadie elige escucharla, pero todos terminamos asociando su voz con la alegría, la abundancia y el tiempo compartido. Cuando canta la cigarra, el verano se vuelve completo.
Lo curioso de la cigarra es que pasa la mayor parte de su vida oculta bajo tierra, alimentándose de raíces, esperando el momento de emerger. Cuando finalmente sale, lo hace para cantar, reproducirse y morir en apenas unas semanas. Ese breve instante de vida adulta es intenso y luminoso: canta con toda su fuerza, como si supiera que el tiempo es corto y que su voz debe dejar huella. En la tradición guaraní, se la recuerda como el primer ser que cantó en la morada terrena de nuestro Padre, y en la cultura popular paraguaya existe la creencia de que su canto anuncia la madurez de las sandías y la cercanía del carnaval.
La cigarra es, en definitiva, un símbolo de lo efímero y lo esencial. Su canto no es solo un ruido de verano, es un himno natural que nos recuerda que la vida, aunque breve, puede ser intensa y plena. En cada vibración de su voz se esconde una lección de belleza y de tiempo: cantar mientras se pueda, porque ese canto es lo que nos conecta con la tierra, con el sol y con la memoria colectiva de un país que la reconoce como parte inseparable de su estación más ardiente.
