CUANDO EL CUERPO PIDE CALMA, NO COMIDA

CIUDAD DEL ESTE (Curiosidades, por Esteban Roa) Estamos en el momento de explicar una incógnita que muchos lectores se plantean: existen varios tipos de hambre. Está el hambre físico, pero también el hambre hormonal, y de ahí surge la peor de todas, esa que aparece cuando nderekoi mba’eve hu’i hagua (no hay nada). En esos casos el hambre se vuelve más feroz, y en este país donde vivimos, Paraguay, habría abundancia si no fuera por la casta de parlamentarios sanguijuelas, como Bachi Núñez, Pedro Alliana y gran parte de la pandilla de Honor Colorado. La mala suerte de muchos paraguayos fue caer, como espermatozoides con suerte, en un país maravilloso pero gobernado por personas nefastas. Y así solo nos queda contar esta historia del hambre.

Muchas personas creen que comen mal por falta de fuerza de voluntad, pero en la mayoría de los casos no se trata de debilidad, sino de biología mal regulada. El cuerpo tiene dos formas muy distintas de pedir comida: el hambre real y el hambre hormonal, y confundirlas es más común de lo que parece.

El hambre hormonal aparece cuando el sistema nervioso está alterado. Se activa por el estrés constante, la falta de sueño, la ansiedad acumulada o los picos de cortisol. En ese estado, el cerebro busca recompensas rápidas y el cuerpo pide azúcar o ultraprocesados. Comer no genera saciedad real y el cansancio mental aumenta después de comer. No es hambre del estómago, es hambre del sistema nervioso, y por eso aparece de repente, incluso después de haber comido.

Las señales son claras: se come sin disfrutar, rápido y sin conciencia, y aun así las ganas continúan. Aparece la culpa o la frustración, y se buscan estímulos constantes como azúcar, café o snacks. En realidad, el cuerpo no necesita más comida, necesita regulación.

El hambre real, en cambio, es gradual, clara y tranquila. Surge cuando el cuerpo ha usado su energía, las hormonas están equilibradas y el sistema digestivo funciona bien. Se siente como una sensación física en el estómago, acompañada de claridad mental y capacidad de elegir mejor los alimentos. Comer en ese estado sí nutre, no solo llena, y la saciedad llega de manera natural.

El error más común es intentar controlar el hambre hormonal con disciplina, más fuerza de voluntad, dietas extremas o restricciones constantes. Eso solo empeora el desajuste. El cuerpo no necesita castigo, necesita señales de seguridad.

El mensaje importante es que no se trata de comer menos, sino de regular primero el sistema nervioso. Cuando el estrés baja, el hambre se ordena, las elecciones mejoran solas, la energía se estabiliza y el cuerpo deja de pelear contra sí mismo.

 

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