EL DRAMA PATÉTICO Y ACTUAL DEL CELULAR

 

CIUDAD DEL ESTE (Reflexión, por Charly Freenz) El celular es uno de los elementos que hoy en día transmite y se comunica en segundos con todo el mundo, un aparato que trajo la tecnología y que permite mirar una foto en bombachita de la vecina, recibir imágenes calientes, enviar pedidos de socorro o incluso pedir plata para pagar la peluquería de la amante. Un aparato muy práctico y generoso, pero también responsable de tragedias: por culpa de este paratito, ya sea un mil cien o un iPhone de última generación, se han cometido femicidios. De ahí viene la música del finado y exitoso compañero Quemil Yambay, quien dedicó unas estrofas en sus canciones predilectas: “che mo problema che celular”.

En una relación, el problema no es el celular… es el misterio que empieza a rodearlo. Cuando alguien esconde la pantalla, cambia la clave o se incomoda si el otro se acerca, no es el teléfono lo que preocupa, es lo que puede haber detrás. Porque donde hay confianza, no hay miedo, y donde hay verdad, no hace falta esconder nada.

La tranquilidad en pareja no se construye con contraseñas ni con silencios, se construye con transparencia. Al final, no es el celular el que crea distancia, son los secretos los que enfrían el amor. El aparato puede ser un puente hacia la cercanía, pero también un muro que levanta sospechas.

El celular es testigo de alegrías y desgracias, de mensajes que hacen sonreír y de otros que hieren como puñales. Es el cómplice de las madrugadas solitarias, el guardián de conversaciones prohibidas y el espejo de una sociedad que vive acelerada, atrapada en pantallas que nunca descansan.

En el fondo, no es el celular el que decide el destino de una relación, sino la capacidad de dos personas de mirarse a los ojos y decirse la verdad. Porque ningún aparato, por más moderno que sea, puede reemplazar la sinceridad ni el calor de un abrazo.

 

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