PENSAR LIBRE AYER Y HOY

CIUDAD DEL ESTE (Reflexión, por Carlos Roa) Justamente hoy, mirando la televisión, escuchando las noticias en la radio o leyendo los matutinos, nos damos cuenta —o quizá ya lo sabíamos— de que la libertad de expresión y el derecho de decir lo que pensamos siguen todavía sofocados. La dictadura, de una u otra manera, permanece presente en nuestro país. Derrocar al tiranosaurio Stroessner no nos dio aún la libertad absoluta: seguimos tropezando con piedras que cada día se hacen más pesadas, alimentadas por políticos que ingresan a la politiquería solo para buscar de dónde robar al Estado. Ejemplos sobran: desde Latorre y Bahci Núñez, hasta Amarilla y un presidente que parece un simple títere bajo el mando de un desquiciado y maquiavélico HC.

El filósofo italiano Giordano Bruno fue una de las figuras más valientes del pensamiento renacentista. En una época en la que cuestionar las ideas dominantes podía costar la vida, Bruno defendió con firmeza la libertad de pensamiento. Sus ideas sobre el universo infinito y la posibilidad de múltiples mundos desafiaban las creencias de su tiempo, lo que le valió críticas, persecución e intentos de silenciarlo. Sin embargo, Bruno sostenía que el conocimiento solo avanza cuando las personas se atreven a pensar y hablar con libertad. Para él, intentar acallar una idea no significa que esa idea sea débil; muchas veces ocurre lo contrario. Las nuevas formas de pensar suelen incomodar a quienes prefieren que todo permanezca igual. Su historia nos recuerda que muchas de las ideas que hoy consideramos normales comenzaron siendo rechazadas o censuradas. La libertad de expresión, entonces, no es un lujo: es la base sobre la cual se construye el progreso de las sociedades.

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