CIUDAD DEL ESTE (Reflexión, por Carlos Roa) La educación no colapsó de golpe, se fue apagando lentamente, como una llama que se consume sin que nadie intente avivar el fuego. Murió la educación, nació la ignorancia, agoniza la inteligencia y emerge la estupidez. No fue un accidente, fue un proceso cómodo y aceptado. Primero dejamos de cuestionar, luego dejamos de aprender, después empezamos a repetir sin entender. Hoy se celebra lo superficial, se ridiculiza al que piensa y se premia al que hace ruido en lugar de al que tiene criterio. La educación dejó de ser prioridad, la ignorancia dejó de dar vergüenza y la inteligencia empezó a incomodar. Pensar exige esfuerzo, y en un mundo que busca lo fácil, lo rápido y lo inmediato, la profundidad estorba.
Las redes sociales aceleraron este proceso. Se convirtieron en vitrinas donde lo banal se multiplica y lo vacío se premia con millones de seguidores. La viralidad dejó de ser consecuencia de un aporte valioso y pasó a ser el fin en sí mismo. Hoy cualquiera puede ser famoso sin haber construido nada, sin haber aportado una idea, sin haber dejado una reflexión. Se premia la ocurrencia rápida, el escándalo, la polémica sin sustancia. Y mientras tanto, los que intentan enseñar, los que buscan transmitir conocimiento, quedan relegados al silencio porque no generan “likes” ni “shares”. La lógica de las plataformas es simple: lo que entretiene vende, lo que incomoda se oculta. Así, la ignorancia se disfraza de entretenimiento y la estupidez se convierte en espectáculo.
La verdad que pocos quieren aceptar es que no faltan oportunidades, falta disciplina para usarlas. No es que no haya información, nunca hubo tanta, lo que falta es voluntad de dejar de ser manipulado. Mientras muchos se conforman con lo mínimo, unos pocos siguen leyendo, cuestionando y aprendiendo en silencio, sin aplausos ni validación. Ellos entendieron algo que cambia todo: pensar por uno mismo es el acto más rebelde de esta época. Y aunque la sociedad premie lo superficial y las redes sociales conviertan en ídolos a quienes no aportan nada, todavía hay quienes se resisten a la comodidad de la ignorancia y apuestan por la incomodidad de la inteligencia. Porque en un mundo que celebra lo vacío, la verdadera revolución es la profundidad.

