No juzgues, comprende su historia

COMPRENDER A MAMÁ ES TAMBIÉN PERDONARLA

 

CIUDAD DEL ESTE (Reflexión por Carlos Roa) Pensé que mi mamá quería más a mi hermano. Con el tiempo entendí que no era favoritismo, sino una herida que yo no conocía. Cada hijo conoce una versión distinta de su madre: uno la encontró fuerte, otro cansada; uno la hizo reír, otro llorar; uno llegó cuando ella aún soñaba y otro cuando ya se le notaban las renuncias en la mirada.

No era que quisiera más a uno, sino que cada hijo ocupó un rincón distinto de su alma. Algunos necesitaron más tiempo, otros más paciencia, y hubo uno que solo necesitaba que ella no se quebrara, por lo que fingía estar bien. A veces creemos que mamá tiene un favorito porque vemos el abrazo, pero no vemos la historia. Vemos el silencio, pero no todo lo que tuvo que callar. Vemos que da más, sin notar a quién más le dolió.

El hijo que más abrazos recibió tal vez fue el que más roto estaba. El que parecía tenerlo todo fácil quizá era el que más se perdió en el camino. Y el que nunca pedía nada fue el que aprendió a no necesitar. Una madre no ama con justicia matemática: ama con lo que tiene, con lo que le queda, desde el cansancio, la intuición y el miedo a fallar.

Ella fue mujer antes que madre, hija antes que guía, y tuvo que aprender sola a repartir su alma entre varios sin romperse por completo. No juzgues su amor por lo que hizo, valóralo por lo que sacrificó en silencio. Por las lágrimas que secó sin que vieras, por las veces que prefirió dolerse sola para que tú no te sintieras culpable. Si aún la tienes contigo, mírala de nuevo. Tal vez no era falta de amor, era que te estaba cuidando a su manera. No esperes a perderla para entenderla, ni a ser padre o madre para perdonarla. Y no esperes más para decirle lo que siempre quiso oír: “Gracias, mamá, por amarme incluso cuando no lo entendí.”

 

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