CIUDAD DEL ESTE (Realidades por Esteban Ross) El título universitario de Javier no olía a tinta nueva. Olía a basura fermentada bajo el sol paraguayo, a diésel quemado y a sudor.
Nos gusta pensar que la universidad es una carrera justa, un terreno neutral donde todos corren hacia la misma meta. Pero la verdad es otra: mientras algunos salen desde la línea de meta con championes de marca, otros empiezan diez kilómetros atrás y descalzos. El objetivo final puede ser el mismo cartón, pero la distancia que recorre cada uno para alcanzarlo no se parece en nada.
Mientras muchos de sus compañeros llegaban a la facultad a las 6:30 de la tarde quejándose del tráfico o de que «no durmieron nada» por quedarse jugando videojuegos, Javier llevaba ya catorce horas despierto. Había pasado toda la mañana colgado del estribo del camión recolector, corriendo bajo un calor de 40 grados, y la tarde buscando cómo estirar el sueldo para llegar a fin de mes.
Se lavaba la cara y los brazos en los baños de la facultad con ese jabón líquido diluido del dispensador. Pero el polvo de la calle, la grasa y el cansancio de todo un día de laburo pesado no se quitan con un poco de agua fría de canilla. Y la sociedad no perdona eso.
Lo aislaban. Hacían chistes de mal gusto en los grupos de WhatsApp. Pasaban de largo a la hora de armar la ronda de tereré y ponían su termo caro en la mesa como si fuera una frontera invisible. Abrían las ventanas del aula «por el calor», pero todos sabían por qué era realmente.
Javier no decía nada. Tragaba saliva, abría su cuaderno de Ingeniería y peleaba contra el pestañeo en el pupitre, sabiendo que a él la carrera le costaba el triple de sangre, sudor y pasajes de colectivo.
A mitad de camino es fácil desesperarse. Da rabia ver cómo otros avanzan sin esfuerzo, memorizando resúmenes que no tuvieron que elaborar y pagando cursillos costosos con la tarjeta de sus padres. Es injusto ver que a unos el camino se les pavimenta y a otros se les llena de baches. Pero el tiempo es un juez silencioso.
Pasaron cinco años. Llegó la colación y la burbuja de cristal se reventó. El mercado laboral acomodó a cada quien en su lugar de un solo golpe.
Los de la vida resuelta salieron aterrados al mundo real. Renunciaban a su primer empleo a los dos meses porque «el jefe les habló feo», «el ambiente era pesado» o «no tenían vida personal». Se rompían ante la primera presión.
Para Javier, sentarse en un escritorio, tener un horario fijo y resolver problemas en una oficina con aire acondicionado no era explotación. Eran unas vacaciones pagadas.
Él ya había conocido la lluvia sobre la espalda, el calor sofocante del asfalto, el desprecio de la gente que le esquivaba la mirada en la calle y el dolor muscular de cargar peso muerto. A él, los problemas de una oficina ni le despeinaban.
Nos enseñaron a aplaudir únicamente al «alumno sobresaliente» que saca puro 5 porque tiene el día libre para estudiar, y a mirar con lástima o desdén al que aprueba con 2 o 3 porque se rompe el lomo laburando para pagar la cuota. No vemos que el mérito no está solo en la nota, sino en la montaña que cada uno tuvo que escalar para conseguirla.
El privilegio te deja blando. Te hace de cristal. La necesidad y el trabajo duro te forjan una resistencia mental que ninguna universidad costosa te va a poder vender jamás.
Así que, si hoy te toca ir a cursar de noche en un colectivo lleno, cansado, con la ropa del trabajo y las manos desgastadas, levantá la cabeza. La meta puede ser la misma para todos, pero el temple con el que vas a cruzar la llegada no se compra con dinero. Ese barro en tus zapatos no es vergüenza: es la armadura que te va a hacer indestructible allá afuera.
