CIUDAD DEL ESTE (Realidades por Carlos Roa) CIUDAD DEL ESTE (Realidades por Carlos Roa). La desidia de los propios contralores de vialidad y el caótico tránsito que existe en todo el país son una constante, cuando vemos vehículos —en el caso, coches, camionetas, furgones, tractocamiones, biciclos y hoy día hasta monopatines eléctricos— cuyos conductores simplemente son irresponsables e incoherentes en su mayoría. Como por ejemplo, se ve a un padre de familia conduciendo una moto sin casco, en zapatillas, en el medio la criatura y la mamá atrás; es como si fuera un sándwich mortal con destino al sarcófago. Sobre todo, no tienen casco ni documentos, pero andan por la calle como si fuesen un pato en su casa. ¿Y los controles? ¡Nooo! Los controles se llaman: “pará, pasá un veinte mil y andate”. Al PMT de Ciudad del Este, como así de otras ciudades, no se los ve por los lugares donde tienen que estar. Acá creemos que solamente estos se reúnen en el kokue, como ellos lo llaman, lugar donde trabajan con algunos asistentes para mediar principalmente con los conductores extranjeros que vienen a hacer compras, a los que les dicen: “Pasá por aquí, no pasás por allá”, pero le tienen que dejar el Pixus de la coima, del acuerdo, o como se llame.
¿Ustedes vieron alguna vez un domingo a la policía de tránsito con la camioneta recorrer por las calles, donde los motociclistas hacen willy, carreras muchas veces acompañados de su chica’i, sin casco, sin nada, y a las cinco o seis de la tarde se escucha el estruendo de las ambulancias a toda velocidad con destino a emergencias como el Trauma, algunos sin piernas o con heridas expuestas, otros ya con destino a que se les tenga que hacer un corte en la cabeza por los coágulos y la hinchazón que tuvo el cerebro al caerse en la rauda carrera que emprenden entre ellos mismos para ver quién es más motokeiro y de quién es el que más anda? Pero es así también con los automóviles. El control de la caminera solamente se realiza en los lugares del kilómetro 10 y algunos puntos críticos donde sí o sí tienen que pasar a farandulear acompañados de las birras y de las chochis, donde —una vez estando en el lugar— el alto volumen de los vehículos que están tuneados y que tienen que ser prohibidos hace que el ritmo del chupi sea más ligero, lo que convierte al conductor a la vuelta en un peligro mortal para otras personas, y siempre ocurren desgracias que dejan enlutadas a las familias. En esta imagen que van a ver principalmente en la portada, verán cuán tristes y desalmados son los conductores, y mucho más todavía los contralores.

