CIUDAD DEL ESTE (Perspectivas por Charly Friendz) En muchas escuelas de Japón, cada clase comienza con una tradición que ha pasado de generación en generación: los alumnos se levantan de sus asientos, saludan al profesor con una reverencia y esperan la indicación para sentarse. Este sencillo gesto representa respeto, cortesía y reconocimiento hacia quienes dedican su vida a enseñar. Pero la educación japonesa va más allá del saludo; los estudiantes también limpian sus aulas, colaboran con sus compañeros y aprenden desde pequeños el valor de la responsabilidad y la convivencia. Mientras en otros países se debate cómo recuperar el respeto hacia los docentes, Japón mantiene viva una tradición que recuerda algo fundamental: la educación no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino también en formar personas con valores.
Al contrastar esta realidad con el panorama paraguayo, las diferencias estructurales y culturales resultan evidentes. En Paraguay, la falta de una cultura rigurosa de cuidado hacia lo público se refleja en aulas deterioradas, mobiliario maltrecho y un escaso sentido de pertenencia sobre la infraestructura escolar. A esto se suma el paulatino desgaste de la autoridad docente, a menudo desautorizada por las propias familias, lo que fomenta ambientes donde la impuntualidad, la permisividad y la falta de límites se han vuelto habituales. A diferencia del rigor cívico japonés —donde la disciplina colectiva y el esfuerzo constante son pilares innegociables—, en el sistema educativo local suele predominar la improvisación y un bajo nivel de exigencia que posterga la formación de ciudadanos plenamente conscientes de sus deberes sociales.
Sin embargo, reducir la comparación a un simple balance de carencias sería ignorar la esencia misma de la enseñanza en el país. Frente a la distancia formal y la rigidez del modelo asiático, la educación en Paraguay late con una fuerza distinta: la de la profunda calidez humana y el sentido de comunidad. En el aula paraguaya, el aprendizaje no ocurre en el aislamiento ni bajo un silencio ceremonial, sino a través de la cercanía afectiva, el abrazo sincero y la complicidad cotidiana del idioma. Las tradiciones compartidas, los espacios de encuentro durante el recreo, las jornadas culturales y la solidaridad espontánea construyen un tejido social donde los estudiantes aprenden a empatizar y a respaldarse mutuamente.
En este contexto, el rol del docente paraguayo adquiere una dimensión que trasciende por completo la mera instrucción académica. En comunidades golpeadas por la desigualdad o la vulnerabilidad socioeconómica, el maestro no es solo quien imparte una lección en la pizarra; se convierte en un pilar de contención emocional, un guía social y, muchas veces, un sostén afectivo para sus alumnos. Mientras Japón destaca por formar individuos altamente disciplinados para el engranaje colectivo, la escuela en Paraguay se transforma en una gran familia extendida donde se cultiva la resiliencia, la humanidad y el valor de no dejar a nadie atrás.



