LA SALUD EN UTI

ESTUDIANTES EXTRANJEROS, MALTRATOS Y NEGOCIADOS CON LAS FARMAFIAS

 

CIUDAD DEL ESTE (Realidades por Carlos Roa)Ir a buscar atención a un hospital público se convirtió en un verdadero calvario diario para la gente humilde. El paraguayo madruga, paga sus impuestos y hace fila desde las 2 de la mañana esperando recibir alivio a sus dolencias, pero la realidad con la que se encuentra es el reflejo del fracaso total de la salud pública. En los pasillos no hay camas suficientes, faltan médicos, no hay insumos básicos y conseguir medicamentos a un precio accesible para la población es casi una misión imposible.

Para colmo, los centros asistenciales, especialmente en CDE están copados por estudiantes de medicina, muchos de ellos brasileños, que asumen la atención sin tener la experiencia ni los conocimientos necesarios. En la práctica cotidiana, se termina usando a la gente como si fueran conejillos de indias para que estos practicantes aprendan. A esto se suma una barrera tremenda: muchos ni siquiera hablan guaraní y apenas se manejan en español. Resulta imposible que puedan entender el dolor de una abuela o de un paciente que solo se expresa en nuestra lengua nativa, y mucho menos dar un buen diagnóstico si ni siquiera pueden comunicarse o no saben poner una simple inyección.

A esta falta de capacidad y empatía se le añade un golpe fuertísimo al bolsillo de los familiares. Cuando una persona queda internada, arranca un negocio descarado con los remedios. Al principio viene un estudiante, se hace pasar por doctor y te da una lista de cinco remedios que tenés que salir a comprar sí o sí de las farmacias de afuera. Horas más tarde aparece otro practicante diferente, te cambia la indicación y te pide otros cinco medicamentos distintos. Así van sumando receta tras receta hasta juntar una lista interminable de más de veinte remedios caros que la familia compra con mil sacrificios y entrega en mano a las enfermeras o a los propios estudiantes.

Lo indignante es que la gran mayoría de esos medicamentos jamás se utilizan en el enfermo. Los mismos pacientes que estuvieron internados y sus familiares cuentan cómo, al llegar la noche, se ve a los residentes y practicantes salir del hospital cargando bolsas llenas de esos remedios que nunca se abrieron. Esas bolsas van a parar directamente a las farmacias que están instaladas alrededor del hospital, donde se los revenden para que vuelvan a ser puestos a la venta. Es un esquema miserable: al paciente lo hacen gastar un dineral en cosas que no necesita, no lo atienden como corresponde, lo dejan con diagnósticos mal hechos y, encima, el personal de blanco saca un provecho económico a costa de la necesidad de la gente.

Todo esto demuestra que la medicina en el sector público ha perdido por completo el corazón y la vocación de servicio. La carrera médica debería ser para la gente humilde, para el hijo del obrero o del vendedor que realmente siente amor por el prójimo y ganas de salvar vidas. Hoy en día, los pasillos están llenos de hijos de ricos que estudian solo porque papá puede pagar la facultad y ven al paciente como un signo de dólar. No estudian por vocación, sino pensando en la plata, en poner un consultorio de lujo y en cuánto van a facturar. Mientras la salud siga en manos de gente que solo busca dinero y de extranjeros que vienen a ensayarse con el pueblo, la ciudadanía seguirá pagando las consecuencias con su vida y su bolsillo.

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