CIUDAD DEL ESTE (Realidades por Carlos Roa) Contemplar hoy la majestuosidad de las Cataratas del Iguazú y las tierras que bordean Foz de Iguazú sin sentir una profunda herida en el orgullo nacional es imposible para cualquier paraguayo que conozca su historia. Mucho antes de que los circuitos turísticos y las fronteras actuales dividieran la región, todo este majestuoso territorio natural pertenecía legítimamente a la República del Paraguay. Eran nuestras selvas, nuestras aguas y nuestra riqueza ancestral, custodiadas por nuestra gente hasta que la cruenta e injusta Guerra contra la Triple Alianza redujo a nuestra patria a escombros y consumó uno de los despojos territoriales más impunes y despiadados de la historia sudamericana.
La traición orquestada por los gobiernos de Brasil, Argentina y el régimen uruguayo de la época no solo buscó la aniquilación de un pueblo soberano que caminaba hacia la autodeterminación, sino también el saqueo descarado de nuestro suelo. Al finalizar la contienda, con un Paraguay devastado y derramando la sangre de la inmensa mayoría de sus hombres, los aliados vencedores se sentaron a repartirse el botín sin un ápice de piedad. Fue así como los brasileños y argentinos se dividieron arbitrariamente nuestros territorios limítrofes, apropiándose de extensas hectáreas de bosques nativos, recursos naturales incalculables y comunidades enteras de compatriotas que quedaron sepultadas bajo nuevas banderas impuestas por la fuerza de las armas.
Hoy en día, las guías de viaje promueven a Foz de Iguazú, el Parque Nacional y el monumento de las Tres Fronteras como íconos de la integración y el turismo internacional, vendiendo una postal idílica que ignora el dolor sobre el cual se trazaron esos mapas. Detrás de cada salto de agua y de cada kilómetro de esa frontera compartida por nuestros vecinos, yace el recuerdo del robo histórico infligido a nuestra patria. Como paraguayos, es nuestro deber mantener viva la memoria, no olvidar el precio de aquel genocidio y recordar siempre que esas maravillas naturales fueron, en esencia y por derecho histórico, parte de nuestra sagrada tierra guaraní.
