EL PRECIO DE LA PEREZA: VENDEN SU CUERPO Y SU DIGNIDAD A CAMBIO DE UNA VIDA SIN TRABAJAR

 

CIUDAD DEL ESTE (Reflexión por el Tío Talo) Resulta profundamente patético y repugnante atestiguar el grado de degradación moral al que pueden llegar ciertas mujeres que, arrastradas por una total falta de dignidad y una repugnante pereza crónica, deciden subastar su propio cuerpo y su juventud al mejor postor. En lugar de ganarse el pan de cada día con el sudor de su frente, prefieren convertirse en prostitutas de alcoba legalizadas, abriendo las piernas y soportando los besos, las caricias y el aliento pestilente de hombres grotescos, físicamente repulsivos, obesos mórbidos o ancianos decrépitos que se mueren por el asco. Es una elección vil y deshonrosa donde la comodidad material se compra al precio de la propia alma, convirtiendo el matrimonio en un burdel privado donde la única moneda de cambio es la absoluta falta de amor propio y el desprecio hacia el esfuerzo honesto.

Lo más despreciable de esta farsa mercantil es el patético pretexto de justificar semejante bajeza bajo la excusa de «sacar a la familia de la pobreza», como si vender la dignidad en una cama ajena fuera un acto de heroísmo y no la más cobarde de las claudicaciones humanas. Estas parásitas sociales prefieren arrastrarse por las mansiones de viejos asquerosos, aguantando humillaciones, desprecio y olores nauseabundos con tal de no levantar un dedo ni conocer jamás lo que significa el verdadero trabajo productivo. Se convierten en cómplices voluntarias de su propia esclavitud dorada, demostrando que para ellas vale más una cartera de marca o una tarjeta de crédito ilimitada que mirarse al espejo por las mañanas sin sentir vergüenza de la criatura patética en la que se han transformado.

Al final del día, lo que eligen estas mujeres no es otra cosa que una condena perpetua disfrazada de lujo barato, donde la soledad, el asco acumulado y la repulsión diaria terminan cobrándoles una factura altísima que ningún dinero en el mundo puede pagar. Soportar la intimidad de un cuerpo deforme, viejo y repugnante solo por el maldito vicio de vivir a costillas ajenas es la muestra más clara de un vacío espiritual incurable y de una mediocridad espantosa. Son seres huecos que prefieren la comodidad de la billetera ajena antes que la libertad de ganarse la vida con dignidad, dejando en claro que para ellas el precio de la decencia siempre estuvo a la baja y que su valor como personas cotiza exactamente a cero.

 

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