PERDÍ MI HONOR POR CAUSA DE SU INUTILIDAD

EL PRECIO DE MANCOMUNARSE CON UN LUDÓPATA

 

CIUDAD DEL ESTE (Historias por Charly Friendz) Mi marido llevaba meses haciendo desaparecer el sueldo antes de llegar a casa. Primero fueron las cervezas, después las apuestas y finalmente los préstamos que pedía prometiendo recuperarse siendo un ludópata gastando el dinero en juegos y apuestas.  Vivíamos en una pieza levantada sobre la casa de su madre, con techo de calamina (chapa), humedad en las paredes y una escalera exterior que crujía cada noche. Él trabajaba descargando cajas en un negocio del mercado. Vendían cerveza, gaseosas, arroz, aceite y cualquier cosa que pudiera apilarse hasta el techo. Su jefe era un hombre mayor, grueso, lleno de cadenas y anillos, que llegaba en camioneta  4×4 de alta gama  exhibiendo sus brillos de 18 kilates mientras sus empleados se rompían el lomo descargando mercaderías bajo el sol.

Mi marido comenzó pidiéndole pequeños adelantos o vales para completar la semana, cien, cincuenta mil para una deuda y así por delante, después doscientos, porque pilló donde ndaje como serían más efectivas sus apuestas, en los naipes, pero ochoka ita hūre (se fue chocar por una piedra negra) juraba haber encontrado una apuesta segura, nunca existió ninguna apuesta segura.

Cuando cobrábamos, yo separaba primero el alquiler, la comida y los pasajes. Él encontraba alguna manera de sacar dinero igualmente y desaparecer durante horas. Una noche regresó sin teléfono. Cuando le pregunte “y tu cel?” él me balbuceo de una manera cortante “empeñé y qué?.. mañana recupero” agregó. No lo recuperó. Después desapareció la licuadora, una radio vieja y hasta la garrafa de gas que su madre nos había prestado mientras juntábamos dinero.

Yo empecé a vender almuerzos afuera de la casa para completar. Arroz, pollo, papa y gaseosas en recipientes baratos que dejaban alguna ganancia. Mientras tanto, él seguía llegando del trabajo oliendo a cerveza y diciendo que todo estaba bajo control. Hasta que una tarde apareció pálido.

El jefe lo había llamado a su oficina y puesto sobre la mesa una libreta donde anotaba cada vale, cada préstamo y cada mercadería desaparecida.

—Me dijo que mañana tengo que pagar una parte.

—¿Cuánto?

Cuando dijo la cifra pensé que estaba bromeando… No lo estaba.

Debíamos más de lo que yo podía juntar vendiendo almuerzos durante meses. Y lo peor era que una parte ni siquiera sabía en qué había terminado. El jefe había sido claro: si no pagaba, se quedaba sin trabajo y además descontaría lo pendiente de cualquier liquidación que pudiera corresponderle.

Mi marido pasó esa noche caminando por la pieza, fumando junto a la ventana y prometiendo otra vez que iba a cambiar. Yo ya había escuchado aquella promesa demasiadas veces.

A la mañana siguiente fui al negocio. El mercado estaba lleno de ruido, mototaxis, vendedores ambulantes gritando precios y cajas de cerveza amontonadas frente a locales que parecían abiertos desde hacía cincuenta años.

Pregunté por el dueño. Me hicieron pasar detrás del mostrador y después por un corredor estrecho hasta una oficina diminuta junto al depósito

Él levantó la vista.

—¿Venís por lo de tu marido?

—Sí.

—Entonces llegaste tarde.

Le pedí que no lo despidiera.

Le expliqué que teníamos deudas, que apenas alcanzaba para comer y que perder ese trabajo significaba quedarnos sin ningún ingreso fijo.

Me escuchó sin interrumpirme.

Después cerró la libreta.

—Tu marido me mintió demasiadas veces.

—ya sé

—Y vos seguís arreglando sus problemas.

Eso me molestó porque era verdad.

Le pregunté cuánto necesitábamos pagar para que conservara el puesto.

Mencionó una cantidad imposible.

Le dije que no tenía.

Entonces me miró de una forma distinta.

No dijo ninguna obscenidad ni hizo una propuesta directa. Los hombres como él no necesitan hacerlo cuando saben exactamente cuánto poder tienen enfrente.

—Siempre se puede llegar a un acuerdo

Entendí.

O quise entender.

Todavía hoy no sé cuál de las dos cosas me deja peor.

Le pregunté qué pasaría con la deuda si aceptábamos otra forma de arreglarla.

Él señaló la bodega.

No hizo falta seguir conversando.

Aquella primera vez ocurrió detrás de una puerta metálica, entre cajas y botellas vacías, bolsas de arroz apiladas contra una pared manchada de humedad. Donde sin querer tuve que abrir las tranqueras de mi cuerpo para pagar la deuda de un marido ludópata y ahí nos preguntamos las mujeres hasta dónde puede llegar el empuje??

No fue romántico, ni lindo, ni algo que yo recuerde con orgullo. Fue un trato miserable entre una mujer desesperada y un hombre que sabía aprovecharlo.

Cuando salí, me acomodé la blusa, me lavé la cara en un pequeño baño y regresé al mostrador intentando no mirar a ninguno de los trabajadores.

El dueño tomó la libreta.

Tachó una cifra.

—Que mañana venga a trabajar.

Eso fue todo.

Esa noche mi marido llegó contento.

—El viejo recapacitó.

Yo estaba sirviendo arroz.

—Qué bueno.

—Hasta me dijo que podemos pagarle poco a poco.

Me dieron ganas de lanzarle el plato.

En cambio, lo dejé comer.

Al día siguiente estrechó la mano de su jefe delante de mí.

—Gracias, patrón. De verdad.

El hombre sonrió.

—Para eso estamos…

 

 

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