CIUDAD DEL ESTE (Ciencia por Esteban Ross) La sensación de hormigueo que aparece cuando un brazo o una pierna “se duerme” es un fenómeno que todos hemos experimentado, pero pocas veces comprendemos en profundidad. Aunque la explicación popular suele relacionarlo con la falta de circulación sanguínea, la realidad es que la sangre tiene un papel mínimo en este proceso. Lo que ocurre es una desconexión temporal en el sistema nervioso: el nervio comprimido deja de transmitir señales y el cerebro interpreta esa ausencia de información como entumecimiento. Es como si el cableado eléctrico del cuerpo se apagara por unos instantes.
Cuando mantenemos una postura estática que presiona un nervio contra un hueso o una superficie dura, se interrumpe el movimiento de los iones de sodio y potasio que permiten la transmisión eléctrica. El nervio, que funciona como un cable de fibra óptica, queda bloqueado y deja de enviar impulsos. El resultado es una pérdida de sensibilidad que se traduce en pesadez y desconexión sensorial. Este proceso explica por qué al intentar mover la extremidad sentimos que no responde de manera normal.
El momento más intenso ocurre al liberar la presión. El nervio se reactiva de forma abrupta y miles de impulsos eléctricos intentan transmitirse al mismo tiempo. El cerebro recibe una sobrecarga de señales confusas que interpreta como hormigueo o pinchazos. Este fenómeno, llamado parestesia, es una respuesta natural del cuerpo para obligarnos a cambiar de postura y proteger los nervios de daños mayores. En realidad, el hormigueo es una advertencia: el cuerpo nos está diciendo que debemos movernos para evitar que la desconexión se prolongue y genere consecuencias más serias.
