NACIONALES (Sinvergüenzas – Esteban Ross) Por donde miremos en este país encontraremos políticos totalmente corruptos, sinvergüenzas, caraduras, hipócritas que se enajenan de la voluntad del pueblo y que toman por asalto los derechos de los habitantes de este país. En muchos casos de este akã botõ exministro Eduardo Petta, que por él también pasó el condenado a ocho años Hernán Rivas, donde él firma y se sospecha que muchos profesores, doctores, abogados y otros rubros de maletín este habrá firmado con el codo lo que su faltriquera le agradecía y le complacía. Es lo que dicen muchos que conocen a este descarado exministro que hoy anda escondido bajo la cama así como gallo paloma, que también aseguró haberle visto a Rivas pero no en la universidad, tal vez en su campo, porque dicen fuentes, como dice la música si es menino o menina, ahí no sabemos…
Señores, condenaron al badulaque de Rivas. De ahí a que apele, chicanee y termine cumpliendo su «durísima» pena tomando tereré en el patio de su casa, ya es otro tema. Lo bueno de este tema de la condena es que nos confirman lo que ya sabíamos: ese idiota nos jodió a todos los idiotas que estábamos mirando el televisor sin reaccionar.
Pero seamos justos, que la genialidad delictiva en este país nunca es un esfuerzo individual. Aparte del badulaque de Rivas, hay una fila entera de cómplices por acción u omisión que deberían estar compartiendo celda —o al menos en el banquillo de acusados— y la que parió a este badulaque es Horacio Cartes y su comitiva, Bachi Núñez, el vicepresidente Alliana, y otros que si ingresaba un catedrático a la medida, como el presidente del JEM hoy tal vez Cartes y cía. ya estaban en Guantánamo. Sin embargo, este ingresó para lavar la mano, lavarle el culo y lavarle la conciencia a los badulaques que tenemos en su mayoría en el Congreso, ya sean diputados o senadores, así como el caradura de Bachi Núñez y el otro de igual manera Raúl Latorre.
Aunque nos cueste creer, este sistema educativo horroroso que arrastramos —donde peleamos con orgullo el penúltimo puesto de la región— tiene una madre patria y un padre ausente. El padre es el MEC, que para «velar» por sus hijos mayores se apoya en los bufones del CONES y la ANEAES.
Pero no nos engañemos con el reparto de culpas: el responsable principal sigue y seguirá siendo el MEC. El documento no miente, y el crimen queda plasmado en el mismísimo instante en que el bendito ministerio estampa su firma para registrar un título universitario.
Y aquí es donde la neurona me empieza a hacer cortocircuito. ¿Por qué corno el ministro bajo cuyo mandato se registró el título de alguien que ni siquiera conoció la cantina de la universidad no está procesado? Aparte de ser un juru havõ. Si la memoria no me falla —y miren que para estas desgracias tengo memoria de elefante—, el ministro de esa gloriosa época dorada fue el mismísimo exdirector de la Policía Caminera de Lugo: el mediático Eduardo Petta.
Sí, el exfiscal que convirtió las barreras de fin de semana en un reality show de sopladores de alcotest, para la recaudación de combustibles, celulares de alta gama y para el postre en algún motel con las secretarias, aseveró la fuente. Ese mismísimo personaje, portador de un título de abogado y de un ego del tamaño del Chaco, fue quien, durante el gobierno de Marito, asumió la sagrada misión de educar a nuestros hijos. Hoy, los propios jefes del funcionariado le apuntan con el dedo, mencionando que la orden de acelerar el trámite en un «período récord» —digno de Joshua Dürksen en la antesala de la Fórmula 1— vino directamente de arriba. De su despacho.
La mismísima Andrea Estigarribia, entonces jefa interina de Registro de Títulos de Grado del MEC, destapó la olla ante los jueces en pleno juicio oral y bajo juramento. Relató que, al cuestionar la velocidad sobrenatural del trámite, su director —un tal Ortiz— le soltó sin anestesia que la prisa era por un pedido directo del entonces ministro Petta. ¡Qué eficiencia, por favor! Por ahí se le escapó el tema porque estaba demasiado ocupado dando clases virtuales a los docentes vía Microsoft Teams, porque, según las malas lenguas, ese fue su gran aporte pedagógico a la nación durante la pandemia: que los maestros del país aprendieran a usar la tecnología directamente de su infinita sabiduría digital.
Pareciera ser que mientras el ministro jugaba a ser tutor informático, los títulos fantasmas volaban por los pasillos con el acelerador a fondo.
A Rivas lo juzgaron y lo condenaron. Para mí, se merecía un tour de 12 años en Tacumbú para que aprenda a conjugar el verbo «estudiar», pero bueno, algo es algo en el país del «ya da ya». Lo que no podemos permitir es que el libreto termine aquí. Tienen que caer todos los involucrados del MEC que firmaron la farsa con olor a tinta fresca.
Hace poco escuché a José Duarte, de la ANEAES, admitir con una soltura que asusta que la carrera de derecho de esa institución ni siquiera estaba catastrada en el CONES. Upea he’ise que la carrera legalmente existía solo en el universo paralelo de esa universidad de garaje. Es más, siendo lógicos, ninguno de los títulos de abogado que emitió ese boliche debería estar registrado en el MEC. Si esto ocurriera en un país serio, la indignación ya habría anulado todos esos cartones sin valor. Pero como estamos en Paraguay, el show de la impunidad debe continuar… a menos que la Fiscalía deje de mirar al costado y empiece a pedir la cabeza del verdadero director de la orquesta.
Con el payaso condenado, el show no puede terminar. Exigimos que caiga el resto del elenco: desde el garaje que imprimió el cartón hasta el ministerio que le dio luz verde. Si ya nos dieron una muestra de justicia, ahora queremos la obra completa.
