LA TRAGEDIA DE MEDUSA: CUANDO LA VÍCTIMA PAGA POR EL CRIMEN

CIUDAD DEL ESTE (Reflexión por Carlos Roa) Medusa no nació monstruo. Fue una joven hermosa, sacerdotisa del templo de Atenea, dedicada a la pureza y al servicio divino. En la mitología griega, las sacerdotisas debían mantener un voto de castidad, y Medusa lo cumplía. Pero los dioses no respetaban las reglas humanas. Poseidón, dios del mar, la deseó y la tomó dentro del templo sagrado.

El crimen fue suyo, pero el castigo cayó sobre ella. Atenea, ofendida por la profanación de su santuario, descargó su furia en la víctima. Transformó su cabello en serpientes y su mirada en una maldición: cualquiera que la mirara quedaba convertido en piedra.

Así, Medusa pasó de ser admirada a ser temida. De sacerdotisa a monstruo. De mujer a símbolo de terror. No solo fue castigada: fue condenada a vivir aislada, rodeada de las estatuas petrificadas de quienes intentaban acercarse.

Con el tiempo, llegó Perseo. Armado con un escudo pulido que reflejaba la imagen de Medusa, una espada de Hermes y un casco que lo volvía invisible, evitó mirarla directamente. Usando el reflejo, la decapitó. De su cuello nacieron dos hijos de Poseidón: el caballo alado Pegaso y el gigante Crisaor. La cabeza de Medusa, aún con poder, fue usada como arma y finalmente entregada a Atenea, que la colocó en su escudo como símbolo de protección.

Pero más allá del mito, la historia de Medusa es espejo de una verdad incómoda: demasiadas veces la víctima carga con la culpa, mientras el poderoso queda absuelto. Medusa no fue monstruo por elección, sino por condena. Y su tragedia nos recuerda que la injusticia disfrazada de justicia sigue siendo una herida abierta.

 

Wordpress Social Share Plugin powered by Ultimatelysocial
× ¿Cómo puedo ayudarte?