RUIDOSOS, SILENCIOSOS O APESTOSOS..LA CIENCIA DETRÁS DE LOS PEDOS

CIUDAD DEL ESTE (Curiosidades por Charly Friendz) Cuando comemos, no solo ingresa alimento a nuestro organismo, sino que también tragamos pequeñas cantidades de aire de forma involuntaria. Todo ese contenido llega posteriormente al intestino, un espacio habitado por billones de bacterias encargadas de terminar la digestión. Mientras estos microorganismos trabajan descomponiendo los nutrientes, producen gases como hidrógeno, dióxido de carbono y, en algunos casos, metano. A medida que dichos elementos se acumulan y generan presión, el cuerpo busca una vía de escape, originando los conocidos gases.

La gran mayoría de las veces estos gases son inodoros, pero adquieren un olor fuerte cuando las bacterias descomponen alimentos con azufre. Huevos, cebolla, brócoli y algunas carnes suelen intensificar el aroma, mientras que los frijoles generan más volumen por fermentación. Una persona sana expulsa gases de diez a veinte veces al día, lo cual evidencia un funcionamiento intestinal correcto y activo. El sonido que los acompaña se relaciona directamente con la velocidad de salida y la relajación muscular del momento.

Intentar retener los gases de manera constante puede provocar inflamación, cólicos y diversas molestias abdominales innecesarias para el bienestar. Para disminuir la producción excesiva, resulta útil comer despacio, masticar correctamente, evitar hablar mientras masticamos y reducir bebidas gaseosas. Si aparecieran síntomas alarmantes como dolor intenso, pérdida de peso o sangre, es fundamental consultar a un médico especialista. En definitiva, expulsar gases confirma que nuestra microbiota cumple su importante labor de extraer los nutrientes esenciales de cada comida.

 

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