CIUDAD DEL ESTE (Salud por Charly Friendz) Aunque cruzarte con una paloma en la calle es algo cotidiano e inofensivo, sus residuos secos esconden un peligro biológico que pocos consideran. El verdadero riesgo de infección no está en el contacto directo con el ave, sino en la acumulación de sus excrementos y secreciones. Cuando estas heces se secan y se remueven —al barrer o limpiar áreas contaminadas—, liberan al aire micropartículas, hongos y bacterias que terminan ingresando directamente a nuestros pulmones.
Entre las amenazas más comunes se encuentra la histoplasmosis, una infección pulmonar provocada por un hongo que prospera en suelos con abono aviar y cuyos síntomas van desde fiebre y tos seca hasta un dolor de pecho fulminante. A esta se suma la criptococosis, otro hongo fuertemente ligado al estiércol de paloma que se inhala fácilmente y que, en situaciones de vulnerabilidad inmunológica, puede escalar gravemente hasta comprometer el cerebro mediante una meningitis.
Por el lado bacteriano, la psitacosis representa otro foco de cuidado; transmitida al respirar el polvo proveniente de heces o fluidos respiratorios de aves infectadas, esta bacteria desencadena cuadros similares a los de un estado gripal severo con dolores musculares, escalofríos y riesgo de derivar en neumonía. Si bien estas tres patologías atacan con mayor agresividad a personas con defensas bajas o inmunosupresión, el factor desencadenante para cualquiera es siempre la inhalación de ese polvo contaminado.
Para mantener la calma, basta con entender que la prevención pasa por el método de limpieza y no por el pánico a la fauna urbana. La clave para neutralizar cualquier riesgo al desinfectar zonas con restos de aves es evitar rotundamente el barrido en seco o el uso de aspiradoras que levanten polvareda. Humedecer la superficie previamente con agua o desinfectante antes de removerla es el paso fundamental para fijar las partículas al suelo y proteger de manera simple tus vías respiratorias.

