NACIONALES (Corrupción por Carlos Roa) El «milagro financiero» de Ueno Bank duró exactamente lo que dura un suspiro antes de estrellarse contra la cruda realidad del Banco Central. El banco mimado del poder, que creció a la velocidad de la luz gracias al entrañable amparo del entorno de Santiago Peña y las bendiciones de Don Horacio Cartes, pasó de ser la joya tecnológica del país a dejar a miles de paraguayos varados en la estación de servicio. Hoy en día, la app digital es un adorno muy lindo en el celular y las tarjetas de crédito sirven principalmente para raspar hielo o nivelar la pata de una mesa; los usuarios ni para sacar plata para el combus pueden acceder a sus cuentas, descubriendo de golpe las ventajas del transporte a pie gracias al «nuevo modelo».
Lo más fascinante de esta tragicomedia fue la revelación mística del vicepresidente Pedro Alliana. Tras más de tres años sentado en el olimpo del Poder Ejecutivo viendo cómo Ueno se empalagaba captando billones del Estado y devorándose la plata de los jubilados del IPS, de pronto «se dio cuenta» de que el sistema financiero está roto. Con una actuación digna de un Oscar al desentendido, anunció que suspende sus sueños presidenciales para el 2028 hasta que esto se arregle. Claro que sí: tras tres años en el cargo, el hombre recién se enteró de lo que pasaba en la mesa de al lado y decidió que lo mejor era lavar la loza antes de que le salpique la grasa.
Esta repentina amnesia colectiva dentro del movimiento Honor Colorado no engaña a nadie, pero hay que reconocerles el talento para el sainete. Mientras la cúpula oficialista ensaya maniobras acrobáticas para despegarse del muerto y le echa la culpa al destino, los roces internos demuestran que el sálvese quien pueda ya empezó. La gran paradoja es que los mismos que blindaban al banco desde el Congreso y aplaudían las megainversiones con los fondos de pensiones, hoy miran al techo y ponen cara de «yo no fui», preocupadísimos por no quedar pegados en la foto de la impunidad mientras buscan acomodarse de cara a las próximas elecciones.
Al final de la fiesta, como marca la gloriosa tradición nacional, la cuenta la paga el de abajo. Los políticos nepo-narco-rruptos jamás pisarán una comisaría —faltaba más—, los directivos seguirán tomando café importado y las altas esferas del gobierno encontrarán algún chivo expiatorio a quien echarle la culpa. Mientras tanto, el sacrificado pueblo paraguayo reza para que el IPS no termine en quiebra total, junta los vueltos del bolsillo para poder cargar dos litros de nafta y contempla con resignación cómo la casta política resuelve sus problemas de solvencia siempre con la plata ajena.

