EL DESEO TARDÍO, CRÓNICA DE UNA TRAICIÓN

CIUDAD DEL ESTE (Relatos, por El Avispón) Mi hija llevaba meses diciéndome que necesitaba independencia. Estaba cansada de llevarme a todas partes y de escucharme reclamar porque siempre dependía de alguien para moverme. Cuando su marido consiguió un auto usado a buen precio, ella decidió que era perfecto para mí. Él puso dinero, pagó algunos arreglos y hasta cambió los neumáticos. Yo debería haber estado agradecida con los dos. En cambio, lo primero que pregunté fue si el aire acondicionado funcionaba y por qué habían elegido ese color. Mi hija puso los ojos en blanco.

—Mamá, por favor…
Solo estoy preguntando, respondí

—Podrías decir gracias primero.

Le di las gracias. Después pregunté cuánto había costado.

Su marido se rió.

—Déjala. Siempre encuentra algo.

Lo miré.

—Por eso tu esposa salió perfeccionista.

Mi hija sonrió como siempre hacía cuando yo decía alguna tontería. Tenía esa costumbre peligrosa de perdonarme antes de que yo terminara de equivocarme. Había otro problema: yo prácticamente no sabía conducir. Había sacado licencia años atrás, pero llevaba tanto tiempo sin manejar que me daba miedo salir sola. Mi hija no quiso enseñarme porque se ponía demasiado nerviosa. Entonces tuvo la brillante idea de mandar a su marido conmigo durante las noches.

—Él tiene paciencia.

—¿Conmigo?

—Más que yo.

—Qué hija tan amorosa.

Así comenzaron las clases.

Salíamos después de cenar, cuando las calles estaban vacías. Él me enseñaba a estacionar, cambiar marchas y controlar el auto sin ponerme histérica. Al principio realmente aprendíamos. Yo manejaba pésimo. Él se reía de mí y se inclinaba para corregirme el volante, mostrarme dónde mirar o explicarme cuándo debía frenar.

Empecé a notar demasiado su perfume. También sus manos… Y esa paciencia que mi hija tanto celebraba empezó a parecerme atractiva por razones que no tenían absolutamente nada que ver con conducir.

La cuarta noche me arreglé más de lo necesario. Me puse perfume, maquillaje y una blusa que llevaba meses sin usar, aunque supuestamente solamente íbamos a practicar estacionamientos durante una hora. Él lo notó apenas subí.

—¿Dónde vas después?

—A ninguna parte.

—Venís muy arreglada para atropellar conos.

—Una puede verse bien mientras aprende.

Sonrió.

—Claro..

Ese “claro” me gustó demasiado. Empecé a provocar situaciones pequeñas porque me divertía comprobar que me miraba. Me inclinaba buscando cosas, tardaba demasiado con el cinturón y hacía preguntas que ya sabía. No voy a fingir inocencia. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

Mi hija siempre decía que tenía un marido hermoso. Yo jamás se lo discutí porque habría sido ridículo actuar como si no tuviera ojos. Además, llevaba años sintiéndome invisible. Descubrir que un hombre más joven todavía podía ponerse nervioso conmigo me hizo bastante más estúpida de lo habitual. Una noche estacionamos lejos de casa para practicar marcha atrás.

Lo hice mal tres veces seguidas. Él terminó inclinándose sobre mí para mostrarme cómo girar el volante y quedó prácticamente encima de mi cuerpo.

—Mira hacia atrás.

—Estoy mirando.

—Me estás mirando a mí.

—Porque no paras de hablar.

Se rió

—Tú estás haciendo esto a propósito.

—¿Qué cosa?

—Todo.

Podría haberme ofendido.

En cambio, sonreí..—Si tenés miedo, bajate..

No se bajó.

Nos quedamos callados dentro del automóvil, con el motor encendido y las luces del estacionamiento entrando por el parabrisas.

Después nos besamos.

No importa demasiado quién empezó.

Lo importante es que ninguno fingió sorpresa.

Después de tantas noches, miradas y bromas, aquello llevaba demasiado tiempo preparándose. Regresamos tarde. Mi hija estaba despierta esperándonos.

—¿Cómo les fue?

Su marido dejó las llaves sobre la mesa.

—Mejor.

—¿Ya estaciona?

Él me miró.

—Está aprendiendo rápido.

Mi hija sonrió orgullosa.

—Gracias por tenerle paciencia a mi mamá.

Lo abrazó. Yo fui a la cocina porque no quería que me vieran la cara. Eso debería haberme detenido. No ocurrió. Las clases continuaron.

Ahora yo esperaba todo el día que llegara la noche. Incluso inventaba dificultades nuevas para que mi hija insistiera en que su marido debía seguir enseñándome.

—Todavía me cuesta estacionar.

—Pero llevan semanas.

—No quiero golpear el auto.

—Entonces sigue practicando.

Exactamente la respuesta que quería.

Mi hija empezó a decir que yo estaba mucho más animada desde que tenía auto. Según ella, finalmente estaba recuperando confianza e independencia.

—Te cambió el humor.

—Muchísimo.

—Sabía que necesitabas esto.

Yo sonreía.

La independencia consistía principalmente en encontrar lugares donde pudiéramos quedarnos solos sin que nadie preguntara por qué nuestras clases duraban tanto. Cada vez manejábamos menos. Conversábamos más. Él decía que aquello tenía que terminar. Yo respondía que nadie lo obligaba a acompañarme. Nunca dejaba de hacerlo. Lo peor fue que empecé a sentir celos de mi propia hija. Cuando ella lo besaba delante de mí, me molestaba. Cuando planeaban salir juntos, sentía que estaba interfiriendo en algo que nunca me perteneció. Una noche incluso le pregunté si todavía estaba enamorado de ella. Me miró sorprendido.

—Es mi esposa.

Me ofendí… Así de absurda me había vuelto. Mi hija empezó a sospechar solamente porque las clases seguían durando demasiado. Una noche preguntó por qué necesitábamos tres horas si yo ya conducía perfectamente durante el día. Improvisé.

—Tu marido dice que todavía me falta confianza.

Él asintió.

—De noche se pone nerviosa.

Mi hija lo creyó.

Incluso volvió a agradecerle.

—Eres demasiado bueno con mi mamá.

Él bajó la mirada.

Yo no. Para entonces ya había desarrollado una capacidad impresionante para escuchar elogios dirigidos a nuestra mentira sin sentir suficiente vergüenza. Cuando finalmente dejé de necesitar clases, lo razonable habría sido terminar aquello. No lo hicimos. Empecé a inventar ruidos en el motor, luces extrañas y cualquier estupidez que justificara llamarlo. Él siempre venía. Mi hija seguía confiando. Y yo seguía comportándome como si el verdadero problema fuera que ella no comprendía lo especial que era nuestra conexión. Una tarde decidió lavar mi auto como sorpresa. Encontró dos vasos, una chaqueta de su marido y un recibo de un lugar donde supuestamente jamás habíamos estado juntos. Por suerte no entendió nada. Me llamó riéndose.

—Mamá, este hombre prácticamente vive en tu auto.

Yo miré a su marido.

—Será porque pasa demasiado tiempo enseñándome cosas.

Mi hija volvió a reír. Después me dijo que estaba feliz porque yo finalmente tenía una vida propia. Eso fue probablemente lo más miserable. Porque tenía razón. Yo había conseguido independencia, un automóvil y noches fuera de casa. También había conseguido una relación secreta con el hombre que ella más confiaba para cuidarme. Todavía tengo ese auto. Cada vez que mi hija se sube, comenta orgullosa que fue uno de los mejores regalos que me hicieron. Yo siempre le doy la razón. Porque gracias a ese automóvil aprendí dos cosas.

La primera fue manejar.

La segunda fue que algunas personas son capaces de traicionar incluso a quien les entrega las llaves con una sonrisa.

Y para desgracia de mi hija, una de esas personas resulté ser yo

 

 

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