LA VERDAD QUE YO TAMBIÉN CALLÉ

CIUDAD DEL ESTE (Reflexión, por Esteban Ross) A veces, el dolor más silencioso no proviene de la traición ajena, sino de la desgarradora complicidad con la que nosotros mismos elegimos callar para no perder lo que ya se había ido. Esta confesión íntima y descarnada es el eco de un amor que soportó en silencio el peso del autoengaño, enfrentando no solo la ausencia de un hombre, sino el propio reflejo de una espera que se consumió en cenizas. Un poderoso recordatorio de que las mentiras no solo alejan a quien se va, sino que destruyen por completo el templo de quien se queda intentando salvarlo todo.

No creas que solo tú ocultaste la verdad, poeta…

Yo también aprendí a sonreír mientras el alma se desmoronaba por dentro. Fingía que tus besos seguían siendo míos, aunque en ellos ya habitara el perfume de otra mujer. Fingía no ver la distancia que crecía entre mis brazos, porque el miedo a perderte era más grande que el dolor de compartirte.

Sabía que tus silencios ya no me pertenecían. Una mujer enamorada reconoce cuando el hombre que ama deja de mirarla con el mismo brillo. Tus abrazos seguían rodeando mi cuerpo, pero tu corazón había emprendido un viaje del que nunca regresó.

Y aun así… me quedé.

No por falta de dignidad, sino porque el amor tiene la absurda costumbre de creer que mañana será diferente, de esperar un milagro donde solo quedan cenizas.

No odié a la mujer que conquistó tus deseos. Mi verdadera batalla fue contra mis propias lágrimas, contra esa voz que me repetía cada noche que ya no era suficiente para el hombre al que le había entregado hasta mis sueños.

Hoy escucho tu arrepentimiento y no encuentro alegría en tu dolor. Solo descubro a un hombre que comprendió demasiado tarde el valor de un corazón que nunca dejó de esperarlo.

Si alguna vez vuelves a buscar la puerta de mi alma, no la golpees con las manos vacías de promesas. Tráela llena de verdad, porque las mentiras rompieron aquello que el amor había construido con tanta ternura.

Tal vez no podamos volver a escribir la misma historia.

Pero quiero que recuerdes esto hasta el último latido de tu vida:

No fue otra mujer quien te alejó de mí.

Fue el instante en que decidiste ocultarme la verdad, mientras yo seguía amándote con la transparencia de un corazón que jamás supo mentirte.

 

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