NACIONALES (Realidades por Carlos Roa) Ser patriota implica defender la verdad sin importar el costo, una lección que contrasta dolorosamente con la gestión de Santiago Peña. Resulta desolador que un gobernante que llegó con la promesa de la capacidad técnica y el rigor profesional termine utilizando las herramientas del Estado no para proteger a los ahorristas, sino para apartar a quienes cumplen con su deber. La verdadera honradez se demuestra en la cancha, y lo que ocurrió con la salida de Fernando Rivarola de la Superintendencia de Bancos es la prueba clara de cómo se castiga la integridad en la función pública.
El mecanismo para desactivarlo fue una maniobra de traslado perfectamente calculada desde la cúpula del poder. Mientras Rivarola investigaba a fondo los desmanejos en Ueno Bank, donde detectó que el banco usaba sus propios fondos para financiar indirectamente a empresas vinculadas a sus propios accionistas mediante sociedades como Vinanzas S.A., el Ejecutivo movió sus fichas. El 6 de julio de 2026, el presidente Peña firmó repentinamente el decreto que lo nombraba como miembro del directorio de la Agencia Financiera de Desarrollo (AFD), sacándolo de cuajo de la Superintendencia de Bancos.
Tres días después, el 9 de julio, el BCP le otorgó a toda prisa el permiso para asumir su nuevo cargo en la AFD. Viendo lo que se tramaba y antes de ser apartado definitivamente, Rivarola no se calló: al día siguiente, el 10 de julio de 2026, remitió oficialmente su demoledor memorando alertando sobre el riesgo inminente para los depósitos. La jugada del traslado le sirvió al BCP como la excusa perfecta para desestimar su denuncia; la institución argumentó que el informe «carecía de validez formal» porque, en el momento de entregarlo, Rivarola ya no ejercía funcionalmente como gerente de supervisión.
Lo trasladaron para sacarlo del medio, pero no pudieron tapar el sol con un dedo. Fernando Rivarola aceptó el costo de perder su puesto de control con tal de no convertirse en cómplice del silencio ni de la impunidad. Su historia no es solo el relato de un traslado arbitrario para encubrir la falta de regulación sobre Ueno Bank; es la muestra viviente de que en el Paraguay aún existen patriotas de verdad, héroes silenciosos dispuestos a arriesgar su carrera con tal de dejar por escrito la verdad ante la ciudadanía.
